El derecho de un vino a hablar por sí mismo

El derecho de un vino a hablar por sí mismo

De Milan Kundera a una copa de vino: una defensa de la primera impresión, la libertad del bebedor y el derecho del vino a no llegar con un manual.
Copa de vino tinto junto a una botella sin etiqueta y un libro abierto sobre una mesa de madera iluminada por la luz de una ventana.
El derecho del vino a hablar por sí mismo
Viernes, Julio 24, 2026 - 21:00

Hay escritores, viticultores, pintores o músicos que llaman la atención por lo que crean. Otros, en cambio, lo hacen por la forma que tienen de entender la creación. Milan Kundera pertenece a este último grupo, y yo pertenezco al grupo de gente que lleva cuarenta años intentando entenderlo del todo. Como decía mi amigo Sócrates, solo sé que no sé nada. Sí, Sócrates y no Platón.

En cualquier caso, más allá de sus novelas, siempre me ha fascinado la libertad que Kundera concedía al lector para imaginar, interpretar y completar la obra con sus propios pensamientos. Esa capacidad de dejar espacio, de resistirse a explicarlo todo y de aceptar que una obra pueda tener tantas lecturas como lectores es lo que, a mi juicio, lo convierte en un creador verdaderamente excepcional.

También ayuda, todo hay que decirlo, a quedar muy bien todo hay que decirlo, a quedar muy bien en las cenas cuando alguien pregunta: «¿Pero qué significa esta novela?», y uno responde «lo que tú quieras» con total impunidad filosófica.

Kundera y el derecho de una obra a no ser explicada

Milan Kundera desconfiaba de las explicaciones. Quizá porque había vivido demasiadas. Nacido en la Checoslovaquia de entreguerras, marcado por la ocupación nazi, el comunismo y el exilio, comprobó cómo los grandes relatos podían convertirse en una forma de imponer una única visión de la realidad.

Cuando uno ha visto a un régimen entero explicarle al pueblo lo que debía pensar, sentir y votar, es comprensible que termine desconfiando de cualquiera que se ofrezca a explicarle una novela.

Tal vez por eso terminó defendiendo una idea que hoy resulta casi revolucionaria: una obra debía tener el derecho de hablar por sí misma, sin escolta, sin manual de instrucciones y, a ser posible, sin alguien recién salido de la Universidad de Navarra, con cuello alto, explicándotela en un aula.

Soy de Navarra y un poquito pijo, pero reconozco que me sacan de mis casillas esos «niños del Opus» que citan a Barthes en una cena.

La mayoría de los autores sienten la necesidad de explicar qué quisieron decir. Hablan de sus personajes, desvelan sus intenciones y ayudan al lector a interpretar aquello que han escrito, generalmente en una entrevista en la que también aprovechan para mencionar que están trabajando en su próximo libro.

Kundera eligió el camino contrario. Estaba convencido de que, una vez terminada, una novela dejaba de pertenecer a quien la había escrito para empezar a pertenecer a quien la leía. Su papel como autor concluía en el momento en que la obra encontraba a su lector, como un padre que deja a su hijo en la puerta del colegio y se resiste heroicamente a quedarse mirando por la verja.

Esa forma de entender la creación me parece interesante porque no habla solo de literatura. Habla de la confianza que un creador deposita en su propia obra, de la capacidad de aceptar que será interpretada de maneras distintas, incluso contradictorias, y de la renuncia, cada vez menos frecuente, y comprendo por qué: da bastante vértigo, a controlar la experiencia de quien está al otro lado.

Cuando la copa llega acompañada de un manual

Esa idea, la de que una obra solo se completa cuando alguien la interpreta a su manera, no debería pertenecer únicamente a la literatura. Podría aplicarse, por ejemplo, a una copa de vino.

Y, sin embargo, en el sector del vino hacemos casi siempre lo contrario de lo que hacía Kundera.

Cuando alguien prueba un vino, rara vez le dejamos pensar por sí mismo más de cuatro segundos seguidos. Le decimos qué debería oler, en qué orden deberían aparecer los aromas, qué nota tendría que reconocer antes que otra y con qué entusiasmo asentir cuando alguien menciona «notas de cuero y violeta».

Nadie ha olido nunca una violeta de cerca y, sin embargo, todos asentimos.

Le explicamos la parcela, la crianza, el productor, la técnica y el año. Le entregamos, en definitiva, una lectura ya cerrada del vino y le pedimos que la confirme con su copa en la mano, no vaya a ser que sienta algo que no estaba en el guion.

Si Kundera hubiera escrito así, cada novela vendría con un manual indicando qué sentir en cada página, y un señor con una copa nos explicaría el capítulo tres antes de que pudiéramos leerlo «éramos leerlo «para que lo disfrutemos mejor».

No creo que esto ocurra por mala intención. Creo que ocurre por miedo, que es la explicación de casi todo en la vida adulta.

El vino arrastra una tradición de autoridad: la ficha de cata, el vocabulario técnico y la jerarquía del experto. Esa tradición convirtió la explicación en una forma de prestigio. Cuanto más detallada era la descripción, más se suponía que sabía quien la ofrecía. Y cuantas más palabras esdrújulas usara, mejor.

Con el tiempo, esa costumbre se volvió el modo por defecto de hablar de vino: no siempre para ayudar a quien bebe, sino para demostrar que quien explica domina la materia.

El resultado es paradójico: cuanto más se explica un vino, menos espacio queda para quien lo bebe. Su copa deja de ser un descubrimiento y se convierte en un examen que aprobar o suspender, con el agravante de que aquí no hay recuperación en septiembre.

El derecho del vino a hablar por sí mismo

Kundera entendía que una novela crecía precisamente en ese margen de ambigüedad que el autor se negaba a cerrar. El vino tiene el mismo margen y, sin embargo, insistimos en sellarlo cuanto antes, con cera y todo.

Tal vez la pregunta no sea cuánto sabemos explicar un vino, sino cuánto nos atrevemos a callar, que es, lo reconozco, la parte más difícil de cualquier oficio de cara al público.

Se trata de confiar en que quien bebe, igual que quien lee, es capaz de encontrar su propia lectura, su propio recuerdo y su propia versión de esa copa sin que nadie se la dicte de antemano.

Eso no significa que la información no sea información no sea valiosa. Conocer una variedad, una añada, un suelo o una forma de elaboración puede enriquecer la experiencia. El problema aparece cuando esa información llega antes que la emoción y ocupa todo el espacio disponible.

Quizá deberíamos aprender a probar primero y preguntar después. A permitir que el vino produzca una impresión antes de entregarnos la explicación. A aceptar que una copa pueda recordar a una persona, a un lugar o a una tarde concreta sin que esa asociación aparezca en ninguna ficha técnica.

También a admitir que alguien no encuentre cuero, violeta, grafito ni sotobosque y, aun así, haya entendido perfectamente el vino.

Al final, quizá se trate de eso: aceptar que una copa de vino, como una novela, termina de escribirse en quien la recibe.

Y la mejor manera de acercarse a una gran obra, sea una novela o un vino, probablemente sea hacerlo con la humildad de quien sabe que todavía no sabe qué va a encontrar.

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