Sancerre, el lugar donde uno de los vinos más famosos del mundo todavía sabe guardar silencio
Silencio. Había silencio en todas partes.
En las calles, en las personas que hablaban, en los coches pasando sobre esos adoquines medievales y en los pasos de un anciano que caminaba junto a su nieto. Había silencio en el cartero repartiendo las cartas en bicicleta y en los tractores que preparaban todo para la vendimia. El sonido solamente habitaba en las conversaciones que no se daban y en las botellas que todavía no se habían descorchado.
No era ausencia de sonido. Eso hubiese sido demasiado fácil. El ruido estaba ahí, pero parecía conocer su sitio, y había algo mágico en aquel silencio, algo casi adictivo.
Estar solo en mitad del campo y no escuchar nada no tiene demasiado mérito. Basta con alejarse de la gente y no tener contaminación acústica. Me gusta utilizar la palabra contaminación porque, efectivamente, contamina.
En cualquier caso, no estoy diseñado para disfrutar de esa sencillez. Quiero cosas. Buenas, no necesariamente complejas, pero cosas: restaurantes, gente, conversaciones, una puerta que se abre, una copa que llega a una mesa, monedas que suenan en los bolsillos. Cosas.
Lo interesante es cuando todo eso tiene capacidad para producir ruido y, sin embargo, no lo hace.
Eso es lo que encontré en Sancerre.
La electricidad contenida de Sancerre
Quizá por eso noté su energía antes incluso de entenderla. Porque Sancerre tiene energía, una especie de electricidad difícil de explicar, de esas que se perciben inmediatamente al llegar pero que después cuesta convertir en una frase sin parecer ligeramente ridículo.
Cae sobre las colinas, entra en las calles, se refleja en una copa y consigue que algunas escenas cotidianas parezcan estar ocurriendo por primera vez.
Y ahí están los vinos. Tienen también algo de esa electricidad, aunque en ellos es una electricidad contenida: tensión, precisión, energía. Una sensibilidad brutal, aunque brutal no sea precisamente la palabra que uno esperaría encontrar al lado de Sauvignon Blanc.
Venía de las fortalezas medievales de Saumur, de sus amaneceres sobre el Loira y de los globos elevándose sobre el paisaje. Antes de llegar a Sancerre, también había pasado por la explosión del Renacimiento de Amboise y el legado que Leonardo da Vinci dejó en sus calles.
Pasé varios días recorriendo la zona y probando vinos, y empecé a pensar que aquella sensación tenía algo que ver con el lugar del que procedían. Sancerre parecía ser capaz de contener cosas aparentemente contradictorias: vinos delicados pero intensos, un territorio conocido en todo el mundo que conserva una cierta sensación de intimidad, un pueblo lleno de gente que puede parecer silencioso.
De las rutas del Loira al Sauvignon Blanc
Después empecé a mirar hacia atrás.
Sancerre tiene una historia mucho más larga que su actual identidad como territorio de Sauvignon Blanc. Durante siglos, sus vinos viajaron hacia París siguiendo las rutas fluviales que conectaban el Loira con el Sena. Por aquella especie de autopista fluvial viajaban también cereales, sal, madera, pescado y otras mercancías. Y con ellas, inevitablemente, viajaban personas, noticias, ideas y cultura. El río era una forma de mover Francia.
El Sancerre que viajaba entonces, además, se parecía poco al que conocemos hoy. Antes de la filoxera, la región tenía una importante tradición de vinos tintos y el Pinot Noir y el Gamay ocupaban buena parte del viñedo. Después, cuando hubo que reconstruirlo todo, el Sauvignon Blanc terminó convirtiéndose en la gran identidad moderna de la denominación.
Los blancos volvieron a poner a Sancerre en el mapa. Primero en París y, con el tiempo, en el resto del mundo.
Lo curioso es que un territorio con tanta historia, una geografía tan espectacular y uno de los nombres vinícolas más reconocibles del planeta haya conseguido conservar esa sensación de no necesitar explicarse demasiado. Me gusta llamarlo lujo silencioso.
Sancerre podría hacer mucho ruido. Tiene vino, historia, una relación secular con París, productores que llevan generaciones trabajando las mismas laderas y una nueva generación obsesionada con mirar todavía más de cerca las diferencias entre parcelas, suelos y exposiciones. Tiene, en resumen, todo lo necesario para ponerse, como esas personas que triunfan en la vida sin saberlo, ligeramente insoportable.
Y, sin embargo, no lo hace.
Quizá por eso busqué si alguien había intentado explicarlo antes que yo. Si algún escritor, pintor o artista importante había pasado por aquí y había conseguido convertir Sancerre en una geografía de pensamiento. La lista existe, aunque resulta curiosamente poco concluyente. Balzac situó aquí La Muse du département. Simenon vivió cerca. Chateaubriand pasó por la zona y mantuvo una estrecha amistad con Hyde de Neuville, propietario del Château de Lestang.
Estuve en la puerta del castillo, el lugar es increíble. Frente a él sigue creciendo un enorme cedro del Líbano que, según la información del propio château, fue plantado por Chateaubriand hacia 1836.
Hay presencias, pero ninguna apropiación definitiva. Nadie parece haber conseguido convertir Sancerre en una geografía literaria. Quizá porque Sancerre no sea fácil de traducir o quizá porque nunca lo necesitó.
Del nombre Sancerre a la parcela
Durante siglos, su trabajo consistió en producir vino y enviarlo fuera: a París primero, al resto del mundo después. El nombre viajó mucho más lejos que el lugar y ahí aparece una paradoja interesante: Sancerre es una palabra conocida globalmente, pero conocer el pueblo de Sancerre no significa necesariamente conocer Sancerre.
Puede aparecer en la carta de un restaurante de Nueva York, Londres o Tokio y activar inmediatamente una idea bastante concreta en la cabeza del consumidor. El nombre viaja, pero el lugar se queda.
Hace unos días, visitando Domaine Delaporte, volví a pensar en todo esto. Mientras el nombre de Sancerre se hacía conocido en el mundo, algunos productores empezaban a mirar en sentido contrario: hacia dentro. Matthieu Delaporte me habló de Côte d'Amigny, de Les Monts Damnés y de Le Cul de Beaujeu.
Côte d'Amigny no es Les Monts Damnés. Y Les Monts Damnés, con una pendiente que hace sospechar que, por una vez, los franceses fueron bastante literales al elegir el nombre, tampoco necesita demasiada publicidad.
Después de décadas simplificando todo en una sola palabra, Sancerre, algunos de sus mejores productores parecen recorrer el camino en sentido contrario: de la denominación a la parcela, del Sauvignon Blanc al suelo.
Incluso del blanco al tinto.
El monopole Le Cul de Beaujeu Rouge de Delaporte, elaborado con Pinot Noir, tiene algo de recordatorio histórico. Sancerre no empezó siendo solo un territorio de Sauvignon Blanc. Ese vino mantiene abierta una puerta hacia un Sancerre anterior al que hoy creemos conocer.
Llegas pensando en un vino y descubres que existen muchos. Llegas pensando en una denominación y terminas hablando de laderas, suelos y parcelas. Llegas buscando ruido histórico y encuentras silencio.
Es el silencio de un lugar lleno de cosas buenas que podría hacer mucho ruido y ha decidido, por alguna razón que todavía no entiendo, no hacerlo.
Y quizá por eso pensé que podía quedarme a vivir dentro de él.