¿Y si algunos viñedos fueran las catedrales que aún no sabemos mirar?

¿Y si algunos viñedos fueran las catedrales que aún no sabemos mirar?

Roberto Úcar, reflexiona sobre los viñedos viejos como patrimonio cultural y memoria colectiva en un momento marcado por el arranque de viñas en Europa.
Viñedo viejo en terrazas de piedra al atardecer, símbolo del patrimonio vitícola y la memoria del paisaje del vino.
Viñedos viejos como catedrales del paisaje y patrimonio del vino
Viernes, Julio 3, 2026 - 15:45

Hay preguntas que una civilización aprende, afortunadamente, a no formular. Nadie entra en el Museo del Prado y le pregunta al director cómo está funcionando Las Meninas este trimestre. Tampoco he oído nunca a un turista detenerse frente a la catedral de Burgos para preguntarse si no sería más rentable convertir parte del claustro en un aparcamiento con vistas.

Nos reímos porque la escena resulta absurda. Hemos asumido que algunas cosas no necesitan justificar su existencia mediante una cuenta de resultados. Las conservamos porque cuentan una historia, porque explican quiénes fuimos y, en cierto modo, quiénes seguimos siendo. Nadie discute la necesidad de restaurar una catedral porque haga falta otra iglesia. Lo hacemos porque entendemos que entre esas piedras habita una parte de nuestra memoria colectiva.

Sin embargo, basta con cambiar las piedras por cepas para que la conversación cambie de tono.

¿Ese viñedo viejo sigue siendo rentable?

La pregunta, en este caso, deja de parecernos extravagante. Es más, nos parece sensata. Y probablemente lo sea. La viticultura, al fin y al cabo, también es una actividad económica. Pero quizá el problema empiece cuando esa es la única conversación que mantenemos.

El patrimonio también puede tener raíces

Hace unos meses leía una reflexión de Miguel Ángel Cajigal, más conocido como El Barroquista, que me hizo pensar en todo esto. Una de las ideas que más repite en sus libros y conferencias es que el patrimonio no consiste en conservar piedras, sino significados. Una piedra aislada no es patrimonio. Una piedra colocada durante siglos en el lugar adecuado, cargada de historia y de memoria compartida, termina convirtiéndose en una catedral. Quizá con algunos viñedos ocurra exactamente lo mismo.

Nos hemos acostumbrado a clasificarlos como explotaciones agrícolas, cuando algunos son mucho más que eso. Son paisajes construidos lentamente por generaciones enteras. Son muros de piedra seca levantados a mano, terrazas ganadas a la montaña, viñedos que sobrevivieron a guerras, plagas y cambios climáticos, caminos que llevan siglos recorriéndose durante la vendimia. Son, en definitiva, una forma de arquitectura. Solo que construida con raíces en lugar de sillares.

La historia del arte nos ha enseñado a admirar aquello que el tiempo ha ido perfeccionando. Sin embargo, todavía nos cuesta aplicar esa misma mirada a determinados paisajes agrícolas. Y, sin embargo, están desapareciendo.

En Francia, la profunda crisis que atraviesa el sector vitivinícola ha llevado a poner en marcha uno de los mayores programas de arranque de viñedo de su historia reciente. Entre los planes aprobados en los dos últimos años, el Estado francés ha destinado cientos de millones de euros para eliminar cerca de 60.000 hectáreas de viñedo, con el objetivo de adaptar la producción a un consumo cada vez menor. Solo en Burdeos, uno de los paisajes vitícolas más influyentes del mundo, el primer gran programa contempló el arranque de alrededor de 9.500 hectáreas.

No escribo estas líneas para cuestionar una decisión económica. Sería ingenuo ignorar la realidad del mercado. Hay explotaciones inviables y agricultores que necesitan soluciones. La economía tiene sus razones.

Qué desaparece cuando desaparece un viñedo

La cultura, sin embargo, obliga a formular otra pregunta.

¿Qué desaparece exactamente cuando desaparece un viñedo?

Si la respuesta es únicamente "unas cepas", probablemente no haya mucho más que discutir.

Pero si con ellas desaparecen siglos de conocimiento, un paisaje construido lentamente por el ser humano, una manera de relacionarse con el territorio y una parte de la identidad de una región, entonces la conversación cambia por completo.

Nadie propondría demoler un monasterio románico porque ya no cumple la función para la que fue construido hace ochocientos años. Nadie sugeriría sustituir un puente medieval por otro más eficiente sin preguntarse antes qué estamos perdiendo.

¿Por qué hacemos ese ejercicio con los monumentos y no con determinados paisajes? Tal vez porque seguimos asociando el patrimonio a aquello que tiene muros, campanas o vitrales. Nos cuesta entender que el patrimonio también puede tener raíces.

Un gran viñedo posee, además, una característica que lo hace todavía más singular: carece de autor.

Un cuadro lleva la firma de un pintor. Una novela, la de un escritor. Incluso una catedral puede asociarse a un arquitecto o a un maestro de obras, aunque detrás hubiera cientos de artesanos.

¿Quién firma un viñedo de trescientos años? Nadie. Y precisamente ahí reside su grandeza.

Una civilización también se mide por lo que decide conservar

Cada generación añade una pequeña decisión. Una variedad conservada. Un muro reconstruido. Una cepa salvada tras una helada. Una forma de podar transmitida de padres a hijos. Ninguna de esas personas imaginó que estaba construyendo patrimonio. Simplemente intentaba hacer bien su trabajo. Pero la suma de todas ellas terminó creando algo que ninguna habría podido levantar por sí sola.

Quizá por eso me incomoda escuchar que el vino pertenece únicamente al mundo de la gastronomía.

El vino también pertenece a la historia, al paisaje, a la antropología y a la memoria. Hay viñedos que cuentan mejor la evolución de un territorio que muchos libros. Basta pensar en los clos de Borgoña, en las terrazas del Douro, en los pagos del Marco de Jerez o en determinadas laderas de la Ribeira Sacra. No son únicamente lugares donde se cultiva vid. Son páginas de una civilización escritas sobre la tierra.

No todos los viñedos son patrimonio, igual que no todos los edificios antiguos merecen ser protegidos. Pero quizá haya llegado el momento de ampliar la conversación.

Porque una civilización no se define solo por lo que construye. También por aquello que decide conservar. Las catedrales nos enseñaron a levantar la vista para admirar la piedra. Quizá algunos viñedos solo nos estén pidiendo que aprendamos a mirar hacia el suelo.

Buscar