Cristina Romero elige Milsetentayseis La Peña, el rosado más sensible de Ribera del Duero

Cristina Romero elige Milsetentayseis La Peña, el rosado más sensible de Ribera del Duero

Cristina Romero, sumiller de The Library, elige un rosado elaborado en una parcela de 0,46 hectáreas con variedades históricas de Ribera del Duero.
Cristina Romero, sumiller de The Library en Madrid, cata una copa de vino Cristina Romero, sumiller de The Library en Madrid, cata una copa de Milsetentayseis La Peña en el Retiro
Cristina Romero presenta Milsetentayseis La Peña Rosado
Viernes, Julio 31, 2026 - 10:00

En una parcela de apenas 0,46 hectáreas, rodeada de valles, peñas y antiguos suelos mineros, conviven cepas plantadas hace cerca de un siglo. De ellas nace Milsetentayseis La Peña, un rosado de producción minúscula que conserva la memoria vitícola de Fuentenebro y propone una lectura más fresca, ágil y contemporánea de la Ribera del Duero.

La encargada de descubrirlo esta semana en Un vino, un sumiller es Cristina Romero, sumiller en The Library , uno de los grandes espacios dedicados al vino en Madrid. Su elección no responde únicamente a una ficha técnica o a una nota de cata: habla de regresar al origen, de proteger viñedos heredados y de encontrar sensibilidad allí donde durante años se buscaron, sobre todo, potencia y concentración.

“Es un rosado superdivertido y muy elegante. Tiene un gran centro de boca, pero está muy equilibrado, fresco y ágil. Para mí, lo tiene todo para el verano”.

Cristina Romero: de la sala en Salamanca a The Library

La historia profesional de Cristina comenzó lejos de los grandes discursos sobre el vino. Empezó trabajando como camarera en Salamanca y, con 21 años, se trasladó a San Sebastián. Allí se incorporó al equipo de sala del hotel situado en el Monte Igueldo y comenzó a acercarse de verdad al mundo de la sumillería.

El paso decisivo llegó cuando empezó a trabajar en Casa 887, un restaurante gastronómico donostiarra que continúa considerando uno de los mejores de la ciudad. Fue su responsable, encargado también de elaborar la selección de vinos, quien despertó en ella la curiosidad por estudiar, catar y comprender qué había detrás de cada botella.

Posteriormente cursó el grado superior de Dirección de Servicios de Restauración, orientado a la gestión de sala, aunque su camino terminó dirigiéndose hacia la sumillería. Años más tarde se trasladó a Córdoba, donde participó en el proyecto VinumPlay, impartió catas y asumió la gerencia de la tienda.

Durante aquella etapa se vinculó a la Asociación de Sumilleres de Córdoba y completó las formaciones de Técnico de Montilla-Moriles y formador de formadores. Además, alcanzó durante dos años consecutivos las semifinales del concurso a Mejor Sumiller de Andalucía.

Madrid llegó después. Desde hace aproximadamente un año y medio trabaja en The Library, un proyecto que reúne boutique, bar gastronómico y club privado y cuya colección ronda las 3.000 referencias. Allí, Cristina continúa haciendo lo que comenzó casi por casualidad en San Sebastián: contar el vino desde la sala y convertir cada recomendación en una experiencia personal.

La Peña: 0,46 hectáreas que conservan la vieja Ribera

Cristina descubrió la bodega durante un viaje por los distintos proyectos de Alma Carraovejas. Reconoce que siente una especial atracción por esas iniciativas pequeñas que el grupo desarrolla en diferentes puntos de España y que buscan interpretar paisajes muy concretos.

En este caso, el paisaje está en Fuentenebro, al sur de Burgos, en una de las zonas más elevadas de la Denominación de Origen Ribera del Duero. La bodega toma su nombre de los 1.076 metros que alcanza la viticultura en este territorio, aunque la parcela concreta de La Peña se encuentra a 948 metros de altitud.

Se trata de una viña ancestral de apenas 0,46 hectáreas, con cepas plantadas hace aproximadamente cien años sobre suelos franco-arenosos. Su riqueza en cuarzo, feldespato y mica recuerda el pasado minero de Fuentenebro y aporta al vino una identidad mineral especialmente marcada.

“Para mí es uno de los grandes rosados de España”, afirma Cristina. La dimensión de la parcela condiciona una producción extraordinariamente limitada, que puede situarse alrededor de las 800 botellas en determinadas cosechas. La añada 2019, por ejemplo, se quedó en 802 unidades.

En la viña conviven Albillo Mayor, Tinto Fino y otras variedades históricas. La composición principal se ha situado tradicionalmente en torno a una proporción equilibrada de uva blanca y tinta, pero el verdadero interés está en el mosaico varietal que aún sobrevive en estos viñedos antiguos.

Según explica la sumiller, en la zona se han llegado a identificar hasta 24 tipos de cepas diferentes, con presencia de variedades como Viura, Monastrell o Palomino. Esa diversidad cuenta también la historia social del viñedo español: agricultores que viajaban, regresaban con nuevas plantas y observaban cómo respondían en otro suelo y otro clima.

“Antiguamente, el vino era un alimento y con él se sobrevivía”, recuerda. Por eso, cada cepa de estas parcelas mezcladas es también un pequeño documento sobre migraciones, intercambios y decisiones tomadas mucho antes de que conceptos como biodiversidad o patrimonio vegetal ocuparan el centro del debate vitivinícola.

vino
Milsetentayseis La Peña

Un rosado serio, salino y criado como un gran vino

Milsetentayseis La Peña se aleja del rosado pensado únicamente para beber joven y sin demasiadas preguntas. La vendimia se realiza de forma manual y los racimos se transportan en cajas de doce kilos. Después se prensan suavemente para extraer la expresión más pura de las distintas variedades de la parcela.

La fermentación y la crianza transcurren durante siete meses en barricas de roble francés de 600 litros, con el vino en contacto con sus lías. La bodega trabaja además con fermentaciones espontáneas y levaduras propias del viñedo, dentro de una filosofía que busca reflejar el paisaje con la menor distancia posible entre la tierra y la copa.

En nariz aparecen fresa silvestre, frambuesa, pétalos de rosa y notas especiadas. En boca se muestra sedoso, vibrante y con volumen, sostenido por una acidez que mantiene el vino fresco y ágil. Su final largo y salino es uno de los rasgos que mejor expresan la mineralidad del suelo.

Para Cristina, esa combinación representa una nueva manera de mirar la Ribera del Duero: vinos con identidad y profundidad, pero menos dependientes de la concentración. 

“Es muy moderno, pero tiene orígenes clásicos; no pierde esa raza”, resume.

La historia de Milsetentayseis está vinculada a la inquietud de Pedro Ruiz Aragoneses y Alma Carraovejas por desarrollar proyectos distintos al de su bodega familiar. El grupo ya conocía y compraba uva de esta zona elevada antes de impulsar una elaboración propia que mostrara otra lectura de la denominación.

Cristina interpreta esa decisión como un gesto de ambición bien entendida: abandonar la zona de confort para explorar una Ribera más fresca, viva y adaptada a la evolución del gusto, pero sin renunciar a su memoria.

“Milsetentayseis representa ese momento revolucionario de buscar algo nuevo, pero con la raza de toda la vida: no perder la identidad, adaptarse a los tiempos y avanzar al compás de lo que está sucediendo en el vino”.

Un vino que suena a David Bustamante y se comparte con Carmina Ordóñez

Cada vino despierta asociaciones que no siempre caben en una nota de cata. Al preguntarle cómo sonaría Milsetentayseis La Peña si fuese una canción, Cristina no duda: “Cobarde”, de David Bustamante.

La elección tiene una razón profundamente emocional. Era el politono del primer teléfono móvil de su madre y cada llamada hacía sonar aquella canción. “Me encanta porque me recuerda a ella”, explica.

También tiene claro con qué personaje famoso compartiría no una, sino varias botellas: Carmina Ordóñez. “Una botella, dos o tres, porque creo que era muy fiestera. Me gusta mucho; era guapísima y una mujer superfeminista, aunque no lo dijera. Muy española, como nosotras”.

En cuanto al maridaje perfecto, su primera respuesta vuelve a ser emocional: beberlo con sus amigos de Salamanca, en cualquier lugar. Llevado a la mesa, sin embargo, propone hacer honor a su procedencia y acompañarlo con platos de intensidad, grasa y tradición castellana.

Un cochinillo asado o un lechazo encontrarían en la acidez, la estructura y el final salino del rosado una armonía capaz de refrescar el paladar sin quedar en segundo plano. La elección rompe además con la idea de que los rosados solo funcionan con ensaladas, aperitivos o cocina ligera.

Volver a conectar con la Ribera desde su lado más sensible

Más que una anécdota concreta, lo que Cristina recuerda de su encuentro con Milsetentayseis es una sensación: volver a conectar con la Ribera del Duero desde sus proyectos pequeños, sus viñas viejas y un modo de trabajar basado en la paciencia.

“Me sorprendió volver al origen de mi zona y encontrar un proyecto tan cuidado, con tanto mimo y con gente tan entregada a la elaboración y al cuidado de esas viñas”, explica.

Para ella, las cepas centenarias son mucho más que una herramienta productiva. Son un regalo recibido de generaciones anteriores y una responsabilidad frente a quienes llegarán después.

“Es un lujo encontrar parcelas así en la Ribera del Duero. Tenemos que cuidarlas para que sean también la herencia de los que vienen detrás. Es de admirar que exista un proyecto como este”.

Milsetentayseis La Peña es un rosado de alta gama y producción casi testimonial, pero su significado va más allá de la rareza. Une tradición y cambio, variedades ancestrales y una elaboración contemporánea, potencia gastronómica y una frescura capaz de acompañar el verano.

En la copa elegida por Cristina Romero, la Ribera del Duero no pierde su carácter. Simplemente muestra una parte menos evidente de sí misma: más sensible, salina, luminosa y dispuesta a evolucionar sin olvidar de dónde viene.

Milsetentayseis La Peña por la sumiller Cristina Romero
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