Yuka: la app que ha convertido el código de barras en el nuevo juez del supermercado
Escanear un paquete de galletas, un yogur o una salsa y recibir en segundos una puntuación sobre 100 se ha convertido en un gesto habitual para millones de consumidores. Yuka declara ya 85 millones de usuarios en todo el mundo, ocho millones en España y alrededor de 85 productos escaneados cada segundo. Pero detrás de ese círculo verde, naranja o rojo hay mucho más que una fotografía instantánea de nuestra compra: un algoritmo, una determinada manera de interpretar los aditivos y una nueva forma de relacionarnos con las marcas y las etiquetas.
Hubo un tiempo en el que elegir entre dos productos en el supermercado dependía fundamentalmente del precio, la marca, la fecha de caducidad y aquello que el fabricante decidía imprimir en grande sobre el envase.
Natural. Bio. Light. Fuente de proteína. Sin azúcares añadidos. Ahora muchos consumidores hacen algo más antes de colocar el producto dentro del carrito. Sacan el móvil y abren Yuka. Apuntan la cámara al código de barras. Y esperan una nota.
La aplicación francesa, lanzada en 2017, se ha convertido en una de las herramientas de consumo alimentario más populares del mundo. Según sus cifras de 2026, cuenta con 85 millones de usuarios, ocho millones de ellos en España y aproximadamente seis millones de productos valorados entre alimentación y cosmética.
Su éxito responde a una necesidad bastante fácil de entender.
Las etiquetas alimentarias contienen mucha información, pero interpretarla exige tiempo y ciertos conocimientos. Hay que distinguir azúcares de hidratos de carbono, identificar grasas saturadas, entender qué significa un número E o comparar la cantidad de sal entre dos productos aparentemente idénticos.
Yuka convierte todo eso en algo mucho más sencillo: una puntuación sobre 100 y un código de colores.
La idea conecta directamente con un fenómeno que ya analizamos en Excelencias Gourmet al explicar cómo Nutri-Score intenta simplificar las decisiones de compra mediante colores y letras.
La diferencia es que Yuka lleva esa lógica dentro del teléfono y añade un elemento especialmente poderoso: si aquello que escaneamos obtiene una mala puntuación, puede proponernos una alternativa mejor valorada.
El consumidor ya no se limita a preguntarse qué dice la etiqueta. Ahora también pregunta qué puntuación tiene.
Qué mide realmente Yuka cuando escaneamos un alimento
El funcionamiento resulta casi instantáneo. Se abre el escáner, se apunta al código de barras y la aplicación identifica el producto dentro de su base de datos. Después aparece la nota.
Pero ese número no sale de una valoración genérica de si algo es “bueno” o “malo”. La metodología actual de Yuka para los alimentos utiliza tres grandes criterios.
El primero y más importante es la calidad nutricional, que representa el 60 % de la puntuación.
Para calcularla, Yuka utiliza como base el sistema Nutri-Score y tiene en cuenta cuestiones como las calorías, el azúcar, la sal, las grasas saturadas, las proteínas, la fibra y el contenido de frutas y verduras.
Hay aquí un detalle relevante en 2026: durante el actual periodo de transición, Yuka continúa utilizando el algoritmo original de Nutri-Score y no todavía su versión actualizada más reciente.
La aplicación adapta después esos resultados a su propia escala sobre 100.
El segundo gran bloque son los aditivos, que representan el 30 % de la puntuación.
Y este es probablemente el apartado que más conversación ha generado alrededor de Yuka.
La aplicación clasifica los aditivos en diferentes niveles: sin riesgo, riesgo limitado, riesgo moderado o riesgo, utilizando información procedente de organismos como EFSA o el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer y también estudios científicos independientes.
Si un alimento contiene un aditivo que Yuka clasifica en su nivel rojo, la nota final del producto no puede superar 49 sobre 100.
El último 10 % corresponde a la certificación ecológica, que funciona como una bonificación cuando el producto cuenta con determinados sellos orgánicos oficiales.
El resultado se presenta de forma visual y permite consultar después por qué un producto ha obtenido esa puntuación.
Puede aparecer un exceso de azúcar, demasiada sal, una cantidad elevada de grasas saturadas, poca fibra o determinados aditivos penalizados por la metodología de Yuka.
Y cuando la valoración es mediocre o mala, la aplicación puede mostrar productos semejantes mejor puntuados.
Según Yuka, ninguna marca paga por aparecer en esas recomendaciones. El algoritmo prioriza primero que la alternativa pertenezca a una categoría similar, después su disponibilidad y finalmente su puntuación.
La versión básica permite escanear alimentos de manera gratuita. Sin embargo, existe una diferencia importante respecto a algunas explicaciones antiguas de la aplicación: buscar directamente un alimento por su nombre sin tener que escanearlo es actualmente una función Premium, igual que el modo sin conexión y determinadas preferencias alimentarias.
La facilidad del sistema explica buena parte de su atractivo.
En cinco segundos puede hacer algo para lo que antes necesitábamos varios minutos delante de una tabla nutricional.
Y eso también explica su enorme poder.
Un círculo rojo no significa que el alimento sea ilegal o peligroso
Precisamente porque Yuka simplifica tanto la información, conviene saber también qué no significa su puntuación.
La primera cuestión afecta a los aditivos.
Que Yuka marque un ingrediente en naranja o rojo no significa que esté prohibido en la Unión Europea.
La Comisión Europea establece que todos los aditivos actualmente autorizados en la UE han sido sometidos a evaluaciones de seguridad por el antiguo Comité Científico de la Alimentación o por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y únicamente pueden utilizarse bajo las condiciones y cantidades autorizadas.
Yuka aplica su propia metodología y adopta una posición más precautoria ante determinadas sustancias.
De hecho, en sus propias condiciones de uso explica que conceptos como “riesgo” o “riesgo moderado” representan la opinión de la propia aplicación basada en su análisis de la evidencia científica disponible.
La diferencia es importante.
Una cosa es preguntar: “¿Este producto contiene un determinado aditivo?”
Y otra bastante más compleja: “¿Qué riesgo supone para una persona concreta consumir la cantidad de ese aditivo contenida en esta ración?”
Además, la cantidad exacta de muchos aditivos presentes en un producto no aparece necesariamente indicada en la etiqueta. La aplicación puede saber que están presentes, pero no siempre qué cantidad exacta contiene cada alimento.
También existe otra limitación inevitable.
Yuka puntúa un producto, no la dieta completa de una persona.
La propia compañía reconoce que su evaluación no tiene en cuenta por completo factores como cantidad consumida, frecuencia, estilo de vida o contexto global de la alimentación.
Por eso un producto con una puntuación baja no tiene por qué estar absolutamente prohibido.
Ni un producto con 90 sobre 100 debería entenderse como algo que pueda consumirse ilimitadamente.
La comparación tiene especialmente sentido entre alimentos semejantes.
Precisamente esa necesidad de distinguir entre el alimento, su grado de transformación y el conjunto de la dieta aparece también en nuestro análisis sobre qué son realmente los alimentos procesados y por qué no todos deben colocarse automáticamente en la misma categoría.
Hay otro factor que merece atención: los datos.
La base de Yuka se construye con información de las etiquetas, aportaciones de usuarios y datos facilitados gratuitamente por las propias marcas. Eso permite manejar millones de referencias, pero también implica que puede haber productos cuya composición haya cambiado antes de que la ficha se actualice.
La propia Yuka reconoce estas limitaciones. Es decir, la aplicación puede ser una herramienta extraordinariamente útil. Pero no sustituye completamente a leer la etiqueta.
Yuka ya no cambia solo nuestra compra: también puede cambiar lo que fabrican las marcas
Aquí aparece quizá la parte más interesante del fenómeno.
Cuando una aplicación utilizada por millones de personas convierte un alimento en un círculo verde, naranja o rojo, la puntuación deja de afectar únicamente al comprador. Empieza a preocupar también al fabricante.
Yuka sostiene que su utilización ha contribuido a impulsar reformulaciones de productos y ha desarrollado incluso herramientas para que sus usuarios puedan pedir públicamente a las marcas modificaciones en determinadas composiciones.
La empresa publicó además un estudio realizado entre miles de sus propios usuarios españoles en el que una amplia mayoría declaraba haber dejado de comprar determinados productos después de utilizar la aplicación.
Conviene interpretar esos datos correctamente: se trata de una encuesta realizada entre usuarios de Yuka y, por tanto, no representa necesariamente el comportamiento de toda la población española.
Pero sí muestra la capacidad que puede llegar a tener una puntuación digital sobre las decisiones de compra de quienes utilizan habitualmente la herramienta.
Y esto introduce una novedad enorme en la relación entre consumidor y fabricante.
Durante décadas, la marca controlaba casi toda la conversación en el lineal: diseñaba el envase, elegía las palabras, decidía qué atributo colocar en grande y podía presentar como protagonista un “0 %”, un “natural” o una imagen de fruta mientras la información obligatoria permanecía en caracteres diminutos en la parte posterior.
Ese tipo de estrategias son precisamente las que explican el interés creciente por herramientas independientes y el escrutinio del consumidor. En Excelencias Gourmet ya analizamos cómo Foodwatch lleva años denunciando reclamos y estrategias de marketing alimentario que pueden transmitir una imagen muy distinta de la composición real del producto.
Yuka coloca ahora una tercera voz entre envase y comprador.
Su modelo empresarial también resulta importante para entender esa influencia.
La compañía afirma que no acepta publicidad ni pagos de marcas para alterar puntuaciones o aparecer entre las alternativas recomendadas. Según las cuentas que hace públicas, la financiación procede fundamentalmente de las suscripciones Premium y, en mucha menor medida, de sus libros y calendarios.
En 2025 declaró más de 10,2 millones de euros de ingresos procedentes de suscripciones Premium.
La independencia económica respecto a fabricantes resulta una de las piezas esenciales de su propuesta.
Eso no significa que su método de puntuación sea una verdad universal. Significa algo distinto: que la nota responde a los criterios elegidos por Yuka y no a cuánto está dispuesta a pagar una marca.
Y quizá ahí esté la verdadera transformación.
Yuka ha hecho algo aparentemente pequeño: convertir una etiqueta complicada en un número que cualquiera puede entender en segundos.
Pero ese gesto cambia la dirección de la información.
Antes era la marca quien decía al consumidor por qué debía comprar un producto. Ahora el consumidor puede sacar el teléfono y pedir una segunda opinión.
La comodidad tiene un riesgo: acabar sustituyendo el pensamiento por un color.
Pero también tiene una virtud enorme: conseguir que alguien que jamás habría mirado los gramos de azúcar, la cantidad de sal o una lista de ingredientes empiece a interesarse por ellos.
Por eso quizá la mejor manera de utilizar Yuka no sea obedecer ciegamente cada círculo verde o rojo. Sea utilizarlo como el comienzo de una pregunta.
Porque el verdadero cambio no ocurre cuando escaneamos una etiqueta. Ocurre cuando empezamos a entender lo que estamos comprando.
Escanear un paquete de galletas, un yogur o una salsa y recibir en segundos una puntuación sobre 100 se ha convertido en un gesto habitual para millones de consumidores. Yuka declara ya 85 millones de usuarios en todo el mundo, ocho millones en España y alrededor de 85 productos escaneados cada segundo. Pero detrás de ese círculo verde, naranja o rojo hay mucho más que una fotografía instantánea de nuestra compra: un algoritmo, una determinada manera de interpretar los aditivos y una nueva forma de relacionarnos con las marcas y las etiquetas.
Hubo un tiempo en el que elegir entre dos productos en el supermercado dependía fundamentalmente del precio, la marca, la fecha de caducidad y aquello que el fabricante decidía imprimir en grande sobre el envase.