La escena se repite: una mano estira una chuche ácida, alguien muerde un caramelo cristalizado, se parte una tableta de chocolate o el hielo cruje muy cerca del micrófono. No hay receta, no hay grandes explicaciones y, muchas veces, ni siquiera hay palabras. Solo un sonido limpio, exagerado y casi hipnótico. Pero millones de usuarios se quedan mirando ,y escuchando.
Las chuches ASMR son la puerta de entrada más visible a una tendencia que ya no habla solo de golosinas. Habla de una nueva manera de consumir comida en redes sociales: más visual, más táctil, más sonora y pensada para captar atención en pocos segundos. En TikTok, Instagram o YouTube Shorts, un alimento puede hacerse viral y no por su sabor, sino por cómo se rompe, cómo cruje, cómo se estira o cómo suena al morderlo.
El fenómeno encaja con algo que Excelencias Gourmet ya ha analizado en otros formatos: la gastronomía también se cocina en los feeds. Las recetas, los productos y los restaurantes compiten hoy por segundos de atención, como explicábamos en este artículo sobre cómo se cocina la viralidad gastronómica.
Qué son las chuches ASMR y por qué enganchan
ASMR son las siglas de Autonomous Sensory Meridian Response, una respuesta sensorial que algunas personas asocian a una sensación de calma, placer o cosquilleo ante determinados estímulos visuales y sonoros. La investigación publicada en PLOS ONE ha estudiado esta respuesta y la relaciona, en quienes experimentan ASMR, con sensaciones placenteras y cambios fisiológicos como la reducción de la frecuencia cardiaca durante la visualización de vídeos ASMR.
En comida, esos estímulos son muy concretos: una mordida crujiente, una textura gelatinosa, un caramelo que se rompe, un envoltorio que se abre, una salsa que cae despacio o una chuche que se estira delante de la cámara. Por eso las gominolas ASMR, las chuches congeladas, las nubes de azúcar, los caramelos ácidos y los dulces cristalizados funcionan tan bien. Son productos diseñados, casi sin quererlo, para el primer plano.
¿Por qué las chuches ASMR resultan tan adictivas? Porque mezclan tres estímulos muy poderosos: color, textura y sonido.La audiencia no prueba el dulce, pero recibe parte de la experiencia a través de los ojos y los oídos. Es una forma de placer gastronómico a distancia.
No solo chuches: la comida que cruje también es contenido
Aunque las chuches son el ejemplo más llamativo, la tendencia va mucho más allá. También funcionan el pan de corteza dura, las patatas fritas, el pollo crujiente, los encurtidos, el ramen, el hielo, los cereales, las frutas muy jugosas o el chocolate que se parte con un golpe seco. Todo alimento con una señal sonora clara tiene potencial de vídeo.
Los estudios sobre mukbang y vídeos de comida han analizado esa sensación de “comer a través de otros”. Una publicación en Cureus recoge que este tipo de contenidos se consumen por entretenimiento, compañía digital, evasión y experiencia sensorial.
En muchos casos, el sonido de la comida es parte esencial del atractivo.
Y es que, indudablemnete, el sonido se ha convertido en un nuevo ingrediente. Un producto puede ser dulce, ácido o salado, pero también puede ser “satisfactorio de romper”, “perfecto para cámara” o “crujiente para micrófono”. La comida ya no solo entra por la boca. En redes, entra por los ojos y por los oídos.
Este giro también conecta con otras tendencias dulces. En Excelencias Gourmet ya contamos cómo la textura y la experiencia están marcando el futuro de la pastelería y el chocolate en las grandes tendencias dulces de 2026. Las chuches ASMR llevan esa lógica al extremo: no basta con que un dulce sea bonito; también tiene que ofrecer un gesto, un sonido y una reacción.
El dulce ya se diseña para ser grabado
La industria del snack ha empezado a tener en cuenta estas señales. Por ejemplo, en el Sweets & Snacks Expo 2026, una de las tendencias destacadas fue precisamente la de los dulces interactivos y con contrastes de textura: gominolas pelables, rellenos crujientes, productos que se separan, se parten o proponen una experiencia más participativa. No son solo golosinas; son pequeños objetos pensados para jugar, grabar y compartir.
Uno de los ejemplos más fotogénicos es el kohakutou, un dulce cristalizado elaborado con agar-agar que parece una gema. Su atractivo está en la doble textura: cruje por fuera y conserva un interior gelatinoso. Esa combinación lo ha convertido en un producto habitual en vídeos ASMR y en propuestas dulces con estética casi de joyería.
El fenómeno no significa que el sabor haya dejado de importar. Pero sí confirma que la experiencia gastronómica se ha ampliado. La textura, el sonido, el gesto y la reacción del espectador pesan cada vez más en la forma en que un producto se descubre y se comparte. Algo parecido ha ocurrido con dulces virales como el chocolate Dubái, donde el crujiente del relleno se convirtió en parte del atractivo del producto.
Por eso las chuches ASMR no son solo una moda de tiktok. Son una pista de hacia donde van las tendencias de consumo. Detrás de esos vídeos de gominolas, hielo, caramelos y chocolate hay una moraleja clara: la comida se ha vuelto audiovisual. Se prueba, sí, pero también se mira, se toca, se graba y se escucha.
La próxima gran tendencia dulce quizá no sea solo la que mejor sepa, sino la que mejor suene al primer mordisco.