El secreto sexual de la vid que hizo posible el vino tal y como lo conocemos

El secreto sexual de la vid que hizo posible el vino tal y como lo conocemos

La vid cultivada es hermafrodita, a diferencia de sus parientes silvestres. La genética explica cómo este rasgo facilitó la viticultura y cambió el vino.
Sarmiento joven de vid con hojas verdes en un viñedo, como símbolo de la genética y reproducción de la vid cultivada.
Vid cultivada en viñedo, clave genética de la historia del vino
Monday, July 6, 2026 - 16:00

La vid que hoy llena los viñedos no siempre fue así. Antes de convertirse en una planta cómoda para el viticultor, productiva y capaz de fecundarse por sí misma, la vid tuvo una vida sexual mucho más complicada. Entre las vides silvestres existen plantas masculinas y plantas femeninas. En cambio, las vides cultivadas tienen flores masculinas y femeninas en una misma planta. Es decir: son hermafroditas.

Puede parecer una curiosidad botánica, pero es una de las claves silenciosas de la historia del vino. Si la vid cultivada no hubiera desarrollado flores hermafroditas, producir uvas habría sido mucho más difícil, menos rentable y mucho más irregular. Habría que plantar vides masculinas y vides femeninas, reservar espacio a plantas que no darían fruto y confiar en una fecundación más compleja para completar los racimos.

La viticultura moderna, tal y como la entendemos, se apoya en esa ventaja. Una flor capaz de reunir en sí misma la función masculina y femenina permitió viñedos más eficientes, mejor propagación y una selección agrícola mucho más práctica. Dicho de otra forma: antes de hablar de variedades, suelos, podas o barricas, hubo una transformación genética que ayudó a cambiar para siempre el destino de la uva.

De la vid silvestre dioica a la vid cultivada hermafrodita

En el género Vitis existen alrededor de 70 especies silvestres. La mayoría comparten un rasgo común: son dioicas. Esto significa que hay plantas masculinas, con flores que producen polen, y plantas femeninas, capaces de desarrollar frutos si son fecundadas. Es un sistema reproductivo que aparece en diferentes ramas del reino vegetal, aunque no es el más común entre las plantas con flores.

De hecho, las especies dioicas representan solo una pequeña parte de las angiospermas, aunque están repartidas por linajes muy distintos. También encontramos cultivos dioicos en especies como la palmera datilera, algunos caquis o los espárragos. En esos casos, tanto la planta domesticada como su ancestro silvestre conservan la separación entre individuos masculinos y femeninos.

La vid cultivada siguió otro camino. La Vitis vinifera tiene dos grandes ramas: la Vitis vinifera subsp. sylvestris, silvestre y dioica, y la Vitis vinifera subsp. vinifera, cultivada y hermafrodita. Ese salto no fue menor. La domesticación de la vid implicó seleccionar, durante generaciones, aquellas plantas que resultaban más útiles para producir uvas de forma estable.

Las plantas hermafroditas tenían una ventaja enorme para los primeros viticultores. Se autopolinizaban con más facilidad, podían trasladarse y reproducirse con menor incertidumbre y permitían ocupar el viñedo con plantas productivas. En un cultivo destinado al fruto, no tener que reservar espacio a individuos masculinos improductivos era una revolución práctica.

Además, el hermafroditismo reducía el riesgo de fecundaciones imperfectas. Cuando la polinización falla, los racimos pueden quedar incompletos, irregulares o con menor rendimiento. Para una agricultura que dependía del equilibrio entre cantidad y calidad, seleccionar vides con flores completas fue una decisión tan lógica como decisiva.

Los genes que explican el sexo de la vid

Durante mucho tiempo se sabía que la vid cultivada era hermafrodita y que su ancestro silvestre era dioico, pero faltaba entender con precisión qué había ocurrido en el genoma. Ahí entra el trabajo de investigadores como Dario Cantù, científico italiano en la Universidad de California, Davis, especializado en genómica de la vid.

Su equipo estudió la región del genoma responsable de la determinación sexual en Vitis y comparó estructuras genéticas de plantas masculinas, femeninas y hermafroditas. Las investigaciones identificaron regiones vinculadas al sexo y genes candidatos que ayudan a explicar cómo se produce la fertilidad masculina y femenina en la vid.

Entre los genes señalados aparecen VviINP1, asociado a una posible mutación de esterilidad masculina, y VviYABBY3, relacionado con funciones de fertilidad femenina. La idea de fondo es fascinante: la historia sexual de la vid puede leerse como una sucesión de mutaciones, pérdidas de función y recombinaciones que terminaron permitiendo el regreso del hermafroditismo en la vid cultivada.

El modelo evolutivo plantea primero una mutación que produjo esterilidad masculina en plantas que conservaban la función femenina. Después, otra mutación dominante habría suprimido la función femenina y dado lugar a plantas masculinas. De ese proceso surgen tres formas posibles en Vitis: plantas masculinas con pistilos reducidos, plantas femeninas con estambres y anteras plegadas que producen polen estéril, y plantas hermafroditas con órganos masculinos y femeninos funcionales.

La clave para la viticultura es que los agricultores acabaron favoreciendo esta tercera forma. No porque conocieran los genes, sino porque veían sus consecuencias: más uvas, menos problemas de fecundación y mayor facilidad para mover y multiplicar las plantas.

Por qué este hallazgo importa para el vino del futuro

Conocer los genes que intervienen en la fertilidad de la vid no es solo una curiosidad académica. Tiene consecuencias directas para la mejora genética. En los programas de cruzamiento, una planta joven puede tardar años en mostrar su sexo a través de la floración. Si se dispone de marcadores genéticos fiables, es posible identificar antes qué individuos serán hermafroditas y descartar los que no interesan para determinados objetivos productivos.

Esto ahorra tiempo, espacio y recursos. En viticultura, donde los ciclos son largos y cada ensayo puede requerir años de espera, cualquier herramienta que permita anticipar resultados es especialmente valiosa. Pero el interés va más allá del sexo de la flor.

El propio enfoque genómico abre la puerta a estudiar otras zonas del ADN de la vid relacionadas con rasgos clave para el futuro: resistencia a enfermedades, tolerancia al estrés climático, calidad aromática, contenido de azúcar, acidez o adaptación a nuevas condiciones de cultivo. La genética no sustituye al viñedo, pero ayuda a entenderlo mejor.

El objetivo de líneas de investigación como las de Cantù es ampliar el conocimiento del genoma de la vid para avanzar hacia una viticultura más sostenible. Si se identifican rasgos de resistencia a enfermedades, por ejemplo, podrían desarrollarse plantas que necesiten menos tratamientos, algo fundamental en un contexto de cambio climático, presión regulatoria y consumidores cada vez más atentos al impacto ambiental del vino.

Cesare Intrieri, profesor emérito de la Universidad de Bolonia y uno de los grandes estudiosos italianos de la vid, ha destacado la importancia de este tipo de estudios genómicos porque permiten comprender con más detalle cómo actúan los genes en características concretas, desde el contenido de azúcar hasta el desarrollo de aromas. Sus implicaciones para el futuro de la viticultura pueden ser enormes.

La historia de la vid hermafrodita demuestra que el vino no empieza en la bodega, ni siquiera en la vendimia. Empieza mucho antes, en una flor diminuta, en una mutación seleccionada durante generaciones y en una ventaja biológica que el ser humano supo aprovechar sin conocer todavía su explicación genética.

Hoy, gracias a la ciencia, sabemos que cada racimo de uva cultivada encierra una historia de domesticación, selección y adaptación. Una historia que une botánica, agricultura, genética y cultura. Porque si la vid no se hubiera hecho hermafrodita, el viñedo, y quizá también el vino, serían muy distintos.

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