La risa de Alejandro Bonetti se apagó, pero su legado seguirá en la mesa

La risa de Alejandro Bonetti se apagó, pero su legado seguirá en la mesa

José Carlos de Santiago despide a Alejandro Bonetti en un emotivo homenaje a su legado en salud, nutrición y gastronomía iberoamericana.
Alejandro Bonetti y José Carlos de Santiago
Alejandro Bonetti y José Carlos de Santiago
Miércoles, Mayo 20, 2026 - 14:41

Hay artículos que uno nunca querría escribir. Este es uno de ellos.

La muerte de Alejandro Bonetti nos deja una tristeza profunda, no solo por lo que representa su pérdida para la medicina, la nutrición o la gastronomía iberoamericana, sino porque se marcha una de esas personas cuya presencia hacía mejores los lugares en los que estaba. Hay personas brillantes, personas admirables y personas profundamente queridas. Alejandro tenía la capacidad de reunir las tres cosas.

En Excelencias Gourmet sentimos especialmente su partida porque siempre encontramos en él no solo a un profesional de referencia, sino a alguien cercano, generoso y extraordinariamente predispuesto a colaborar cuando la conversación giraba en torno a aquello en lo que tanto creía: la importancia de la alimentación, la nutrición y el papel que la gastronomía debe jugar en nuestra calidad de vida y en nuestra cultura.

Como médico, Alejandro defendió con firmeza una idea que a veces sigue sin ocupar el lugar que merece: que hablar de alimentación no es una cuestión secundaria. Que la nutrición no debería abordarse únicamente cuando aparecen los problemas, sino formar parte natural de la conversación sobre bienestar, prevención y salud pública. Lo hacía desde el rigor de quien conocía profundamente su profesión, pero también desde una capacidad poco habitual para comunicar con cercanía, sin caer nunca en mensajes simplistas ni en discursos culpabilizadores.

Su defensa de la dieta mediterránea respondía precisamente a esa manera de entender la vida. No como un concepto vacío o una etiqueta cómoda, sino como una filosofía que integra salud, equilibrio, placer, producto, tradición y convivencia. Alejandro entendía que comer bien no consiste únicamente en nutrirse correctamente, sino también en preservar una cultura y una forma de relacionarnos con los demás.

Su implicación con la Academia Dominicana de Gastronomía fue siempre sincera, generosa y profundamente comprometida. Nunca desde la distancia institucional, sino desde la cercanía de quien entiende que estos proyectos se construyen con personas dispuestas a sumar, a compartir y a defender aquello en lo que creen. Esa misma actitud la mantuvo siempre en todo lo relacionado con la Academia Iberoamericana de Gastronomía, donde su predisposición a colaborar y fortalecer puentes fue constante.

Pero si quienes le conocimos vamos a recordarle con especial cariño, no será solo por todo eso. Será también por su forma de estar en el mundo... Por esa alegría tan genuina que transmitía sin esfuerzo. Por esa cercanía inmediata que hacía que cualquier conversación con él resultara fácil, agradable e interesante. Y, inevitablemente, por su risa.

Quienes la escucharon saben perfectamente de qué hablo.

Era una risa inconfundible, de esas que identificabas incluso antes de verle entrar en una sala. Una risa franca, contagiosa y profundamente coherente con su manera de vivir. Porque Alejandro disfrutaba de la vida, de la conversación, de compartir conocimiento, de una buena mesa y, sobre todo, de hacer sentir bien a quienes le rodeaban.

Eso no siempre aparece en los currículums, pero dice mucho más de una persona que cualquier listado de méritos.

Hoy despedimos a un médico brillante, a un divulgador necesario y a un académico comprometido con la gastronomía dominicana e iberoamericana. Pero quienes tuvimos la fortuna de tratarle despedimos también a una buena persona, y quizá esa sea la pérdida que más cuesta asumir.

¡Hasta siempre, Alejandro!

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