¡Brindemos con Shakespeare!

Creado: Lun, 28/10/2013 - 10:22
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Por: Frank Padrón
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¡Brindemos con Shakespeare!

El vino recorre la literatura, el teatro o las artes plásticas como eficaz catalizador de los relatos. Particularmente la obra de ese coloso de las letras universales llamado William Shakespeare (Reino Unido; 1564-1616) exuda el precioso y digestivo néctar por muchas de sus páginas.

A tono con la costumbre habitual en la época, siglo XVI, en que abundaban los banquetes (esto claro, en las clases adineradas) el “cisne de Avon” lo refleja, teniendo en cuenta que son miembros de ellas (reyes, cortesanos…) quienes casi siempre protagonizan sus obras; sin embargo, llama la atención el hecho de que generalmente no aparece como mero elemento referencial o de adorno, sino con una precisa función dramática.

La española María Asunción Barreras, filóloga y profesora de Universidad la Rioja, que ha dedicado todo un volumen a estudiar el tema, nos informa que: “En el contexto cultural de Shakespeare ya existían tratados en los que se destacaba el uso del vino para sanar. Así, por ejemplo, en el Compendio de la humana salud del siglo XV se aconseja su utilización contra el cólera. También aparece en Tratados de la Peste y en el Tratado de los Apostemas se recomienda su uso externo para sanar. Destaca en el periodo del renacimiento los tratadistas franceses que lo recomiendan para mejorar la salud. Un eco de esta utilización se refleja en la obra de Shakespeare. Aunque hay singularidades según la pieza (sea comedia o tragedia, sea el peso de la escena donde aparezca, etc.) en términos generales el uso del vino (también llamado jerez) en la producción shakesperiana detenta dos grandes funciones:

1. para celebrar y festejar.

2. para traicionar y engañar. (y a veces, ambas).

Sin embargo, una lectura más profunda nos revela muchos otros usos y empleos. En La Tempestad, por ejemplo, se aprecia como un brebaje que puede devolver la salud y hasta la vida, algo que también aparece en Antonio y Cleopatra, cuando el protagonista lo reclama para recuperar fuerzas. Sirve como emblema de bienvenida, cuando en Henry IV Falstaff (a propósito, un personaje siempre asociado con esta bebida) recibe a Pistol con una “copa de vino de Canarias” mientras en la misma pieza, Silencio responde a la invitación de un criado con algo así: “Un vaso de vino espumeante y claro para beber a la salud de mi amada” Y siguiendo con los monarcas, en Vida y Muerte del Rey Enrique VIII es uno de los principales elementos de la mesa que centraliza una gran fiesta, algo que ocurre también en Las Alegres Comadres de Windsor; incluso, el personaje de Ford, antes de participar en una comida se dice a sí mismo en un aparte: “creo que antes beberé yo con él una buena pipa de vino”. Otras veces es símbolo de valor y coraje, según puede encontrarse en los grandes dramas históricos; en Enrique V, por ejemplo, se le atribuye poder de conferir “ardor en la sangre.” En las grandes tragedias del célebre inglés el líquido es importantísimo, aunque varían sus connotaciones. Romeo y Julieta, digamos, lo sigue mostrando como enlace amistoso (un criado de los Capuleto invita a alguien a tomar una copa siempre que no sea de los Montesco), mientras en Hamlet, el rey celebra con otra la certera espada del príncipe de Dinamarca, aunque es también el vehículo de la tragedia final, cuando el intercambio de copas (una de ellas envenenada) provoca la muertede la reina Gertrudis.

En Macbeth también la connotación dramática varía; si bien corona la fiesta de recepción al soberano Duncan, será también el recurso que permita a los protagonistas llevar a cabo su macabro plan de asesinato, al utilizarlo como droga, de modo que la dualidad festivo/trágica se pone de manifiesto. Llama la atención cómo en esta pieza se expresan simpáticos criterios acerca del vino. Cuando va a abrir la puerta en plena madrugada, un criado apunta que el beber (y lo que se ha bebido en abundancia es precisamente vino) “provoca tres cosas: la nariz roja, el sueño y el orinar”. En Otelo asistimos a otras de esas contradicciones respecto a la bebida. Lo mismo se manifiesta: “!oh, espíritu del vino, si no tienes nombre te llamaremos diablo” que “el buen vino es una criatura familiar si se utiliza bien”. Decíamos que el vino —el cual era tinto— se asocia siempre, sea para propósitos nobles, festivos, alegres o como ruines, perversos y criminales, a la clase alta; por el contrario, la cerveza era la bebida de los estratos sociales menos favorecidos.

El teatro shakesperiano refleja claramente este deslinde; además de los ejemplos ya reseñados, encontraremos otros muchos momentos (Julio César, La Duodécima Noche, Timón de Atenas…) donde la nobleza, la corte, los señores celebran siempre con vino, al margen de que sea la historia, la tragedia o la comedia, el tono que signe las obras. Por el contrario, los siervos, celestinas, mesoneros y taberneros: gente pobre o de mal vivir, toman siempre cerveza; en los abundantes trueques de identidad que caracterizan las “comedias de equívocos”, los criados que se hacen pasar por nobles (como ocurre en Taming of the Shrew) muestran tal diferencia, y comprobamos cómo la clase baja jamás ha tenido acceso al vino, pero sí conoce y disfruta la cerveza.Ahora, volviendo al rojo y delicioso fruto de la vid, esa connotación de “amigo que ayuda a olvidar las penas” tambiénestá presente en la obra shakesperiana. En El Mercader de Venecia, Graciano lo emplea con ese fin; el complejo y cambiante Falstaff en Henry IV o en Richard III echa mano (o boca) de él cuando está desairado, triste o en medio de una situación adversa (lo cual, por otra parte, ocurre mucho); Bruto y Casio, en Julio César beben también para olvidar cuitas de amores. Y como ha ocurrido tanto después, se le asocia a la música, la canción (el personaje de Estefano en La tempestad).

Otras veces es cebo, fraude, motivo de engaño para alcanzar objetivos personales: volviendo a El Mercader... Porcia emplea vino para engañar a su pretendiente quien, al escoger el cofre equivocado, no podrá casarse con ella; mientras en Otelo, es la trampa empleada por Yago contra Cassio, el cual pretende (y logra) embriagarlo. Y a propósito de esto, el exceso de vino, que lleva a la borrachera, no está en lo absoluto ausente de las piezas shakesperiana, al margen de su género: Mencionaba a Estéfano, y justo en esa obra (La tempestad) disculpa a Calibán por haber tomado demasiado y no haber podido llegar a la otra orilla, como sí lo hizo él por encontrarse sobrio; muchas veces se censura explícitamente la embriaguez, tal ocurre en Antonio y Cleopatra cuando el primero habla de “vino invasor que haya hundido nuestros sentidos en el blando y delicado Leteo” o el personaje de Trínculo se refiere en cierto momento a la “¡maldita botella!”. Algo semejante hallamos en Timón de Atenas o en La comedia de las equivocaciones donde se critican las “olas de vino derrochado en la borrachera” o los “vapores del vino (que) turban la razón”. Infinito es realmente el “continente Shakespeare”, también, como hemos podido exponer de modo sucinto, en su valoración y empleo dramático del vino.

Ya sea de modo positivo (curación; elemento decisivo en fiestas y banquetes, recibimientos y homenajes; antídoto para males de amores o penas de cualquier tipo; inspirador de fuerza y valor en momentos decisivos de combate y enfrentamientos…) como negativo (droga; vehículo de crimen y traición y cualquier tipo de plan macabro o perverso; exceso que conduce a la embriaguez…) el vino, siempre vinculado a las clases altas —protagonistas de todo el teatro shakesperiano— aparece diseñando los clímax o momentos importantes del mismo, participando en las acciones y conformaciones de los personajes principales y alimentando una obra que, bien es sabido, pertenece al patrimonio espiritual de la Humanidad. Incluso, no sería mala idea repasarla una vez más siguiendo el consejo de uno de sus personajes, Pompeyo en Antonio y Cleopatra: “!Sentaos y bebed vino!” . De acuerdo, entonces: ¡brindemos con Shakespeare! *Las traducciones de las obras que aquí aparecen se han seguido por el mencionado texto de la investigadora María Asunción Barreras.

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