Germán Masera: “El vino argentino no es algo que va a llegar, ya está entre los vinos del mundo”

Germán Masera: “El vino argentino no es algo que va a llegar, ya está entre los vinos del mundo”

Germán Masera habla de territorio, comunidad y diversidad: “El vino argentino no es algo que va a llegar, es algo que ya está”.
Germán Masera lanza una botella de vino al aire en un viñedo, con montañas nevadas al fondo.
Germán Masera entre viñedos y montañas de Mendoza.
Jueves, Noviembre 5, 2026 - 18:00

Enólogo y viticultor mendocino, Germán Masera se formó en la Universidad Juan Agustín Maza y construyó su trayectoria pasando por bodegas y vendimias dentro y fuera de Argentina antes de crear Escala Humana Wines junto a Ayelén Bonetto en 2015.

Su recorrido incluye experiencias en Mendoza, Patagonia, Estados Unidos y España, mientras que su proyecto personal se ha convertido en una búsqueda constante de territorio, biodiversidad y variedades capaces de explicar otras caras del vino argentino. Tim Atkin lo reconoció como Mejor Enólogo Joven de Argentina en 2023.

Desde Gualtallary, al pie de la Cordillera de los Andes, Escala Humana desarrolla una viticultura de precisión que estudia cada planta dentro de su ecosistema y trabaja con líneas como Livverá, Credo y Geografía Extraordinaria. La propia bodega resume su filosofía en tres conceptos: autenticidad, transparencia y contexto. 

Durante su paso por Madrid, conversamos con Germán sobre la tierra, la colaboración entre productores, el futuro del vino argentino y una frase que resume bien el momento que vive el país: “cuando se abre una botella, dato mata relato”.

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Vendimia Escala Humana (foto cedida por el entrevistado)

El vino tiene que estar en manos de agricultores

Escala Humana nació de una manera muy personal de entender la viticultura. ¿Qué querías hacer diferente cuando comenzaste el proyecto y cómo ha evolucionado tu filosofía desde entonces?

Tuve la suerte de trabajar y acompañar a personas que miraban la tierra con un cariño muy especial, muy profundo.

Siempre he creído que el futuro es también mirar el pasado. El vino tiene que estar en manos de agricultores, de gente que siente la tierra y que observa lo que sucede en ella durante todas las estaciones.

A veces, viviendo en las grandes ciudades, olvidamos que el vino nace de la agricultura. Que detrás de una botella hay tierra y hay agricultores.

Escala Humana quería recuperar un poco eso. Es un proyecto de introspección en una industria donde a veces hay demasiadas certezas.

Nosotros creemos mucho en el conocimiento, pero entendemos que el conocimiento está compuesto más por hipótesis que por certezas. Pasaremos una vida bastante corta detrás del vino, estudiando, observando la tierra e intentando hacer vinos singulares, autorales y auténticos.

En Gualtallary has apostado por un proyecto que busca integrarse en el paisaje y respetar su biodiversidad. ¿Cómo se traduce realmente ese respeto por el entorno en los vinos?

Tenemos la suerte de que en el Cono Sur todavía podemos encontrar tierras prácticamente vírgenes.

Nuestra historia vitivinícola es relativamente joven. Gran parte de nuestro punto de partida está en la inmigración de los años veinte y treinta y en toda la diversidad que llegó con ella.

Por eso, cuando encontramos el lugar donde queríamos plantar, lo primero que quisimos hacer fue conocer el ecosistema.

Y éramos incapaces de hacerlo solos.

Trabajamos de manera interdisciplinar con distintos profesionales para estudiar el suelo, la flora, la fauna y todo lo que formaba parte de aquel campo. La Masía, la finca de Escala Humana en Gualtallary, nació precisamente después de estudiar ese terreno virgen y diseñar su desarrollo buscando cuidar tanto la naturaleza como a las personas.

Creo que los vinos que consiguen tener otra dimensión, aquellos capaces de provocar una emoción intangible o de mostrarse transparentes ante quien los bebe, son también consecuencia de un contexto.

De un ecosistema que vive y respira.

Y eso obliga a trabajar de una manera consciente, sin pensar únicamente en nosotros sino también en las generaciones que vienen después.

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Vista de la bodega (foto cedida por el entrevistado)

Necesitamos crear comunidad

Proyecto Circulares parte de la colaboración y del intercambio con otros viticultores. ¿Qué te aporta elaborar junto a otras personas que no encontrarías trabajando únicamente en tus propios proyectos?

Creo que necesitamos crear comunidad.

Y también necesitamos no poner barreras demasiado firmes a la creatividad.

Trabajar con otras personas te obliga a adaptarte, a escuchar y a no rigidizar tu pensamiento. Lo que para uno significa belleza quizá no sea exactamente lo mismo para otro.

La capacidad de convivir en armonía y de interactuar aparece precisamente cuando aceptas otros pensamientos y otras maneras de hacer las cosas.

Trabajar en comunidad significa también no negar automáticamente aquello que es distinto a como uno lo habría pensado.

Tus vinos buscan frescura, menor extracción y una intervención contenida. ¿Estamos ante una nueva identidad del vino argentino o la búsqueda de frescura puede convertirse también en una moda?

Creo que estamos viviendo un momento muy bonito en el vino argentino.

Hay que recordar que nuestros péndulos han sucedido en un plazo muy corto. Nuestro punto de partida no fueron las tribus celtas, los romanos, los monjes ni diez generaciones elaborando vino en un mismo lugar.

Nuestras regiones todavía se están construyendo.

Y ahí hay algo que para mí es fundamental: la confianza que tengo en el trabajo de mi vecino.

Eso es lo que hace que este movimiento haya llegado para quedarse.

Somos una generación que viaja, conoce, se cuestiona y se hace preguntas. Y eso tiene muchísimo valor.

Estamos descubriendo que una de las razones por las que el vino lleva miles de años acompañándonos es precisamente que ningún vino tiene por qué ser igual a otro cuando existe un verdadero sentido de origen.

Nosotros hacemos vinos de la Cordillera. Nuestra personalidad está atravesada por la idiosincrasia de vivir en la montaña.

Y a eso responde también la frescura de los vinos que estamos elaborando.

Argentina
La Cordillera y el viñedo nevado (foto cedida por el entrevistado)

Argentina se ha convertido en una usina de nuevos lugares

Argentina tiene una enorme diversidad de territorios y variedades que todavía no son suficientemente conocidos en España. ¿Qué vinos, zonas o estilos crees que van a sorprendernos en los próximos años?

Las fronteras vitivinícolas de Argentina se están estirando cada vez más hacia el norte, el sur, el este y el oeste.

Tenemos la suerte de vivir en un país que atraviesa muchísimas latitudes y de contar con la Cordillera de los Andes recorriendo buena parte de nuestro territorio. Eso nos proporciona suelos y condiciones extraordinariamente diversas.

Hoy tenemos vinos cerca del mar, vinos continentales y viñedos en desiertos de altura.

Habrá zonas que se van a consolidar porque ya existe una masa crítica de productores trabajando juntas. Gualtallary y otros lugares del Valle de Uco son buenos ejemplos.

En otras regiones todavía hay apenas un puñado de productores. Y si no existe unión, fortaleza, una visión compartida y trabajo conjunto, es más difícil que una región consiga permanecer en el tiempo.

Pero afortunadamente Argentina se ha convertido en los últimos años en una auténtica usina generadora de lugares.

Ese crecimiento encaja con una realidad que Excelencias Gourmet viene siguiendo desde hace tiempo: Argentina es mucho más que Malbec y su identidad contemporánea se está construyendo precisamente desde la diversidad de territorios, productores y estilos.

También el Valle de Uco se ha consolidado como uno de los grandes territorios vitivinícolas y enoturísticos argentinos, con la montaña como elemento determinante de su identidad.

Si hace veinte años el vino argentino quería demostrar que podía competir con los grandes vinos del mundo, ¿qué quiere demostrar hoy?

Que es parte de los vinos del mundo. No es algo que vaya a suceder. No es algo que vaya a llegar. Es algo que llegó. Es algo que ya está.

Tuvimos el conocimiento, la capacidad de salir, de viajar y de contrastar nuestras ideas con lo que estaba pasando en otros países.

Antes salíamos y todo nos sorprendía. Hoy viajamos y nos sorprenden menos cosas.

También vivimos en un momento de redes sociales y de una cantidad enorme de información. Sorprendernos cuesta cada vez más.

Pero nada de esto habría sido posible si no tuviéramos detrás un gran terroir y una enorme potencialidad.

Porque al final puedes construir todos los relatos que quieras, pero cuando se abre una botella, dato mata relato.

Y a nosotros nos acompaña la fortaleza de nuestro territorio, de nuestros suelos y de nuestro clima.

Quizá ahí resida precisamente el cambio más importante del vino argentino contemporáneo. Ya no necesita pedir permiso para ocupar un lugar en el mundo ni demostrar que puede parecerse a otros grandes vinos.

La pregunta ahora es qué parte de Argentina consigue contar cada botella.

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