¿Puede un vino tener solo 8,5º? Chile acaba de cambiar las reglas

¿Puede un vino tener solo 8,5º? Chile acaba de cambiar las reglas

Chile crea una nueva categoría de vino bajo alcohol desde 8,5º. La norma mantiene los 11,5º del vino tradicional y refuerza los controles sobre origen, elaboración y autenticidad.
Copas de vino tinto y blanco sobre un barril junto a racimos de uva, en referencia a la nueva categoría de vinos de menor graduación alcohólica en Chile.
Chile abre la puerta a los vinos de 8,5 grados
Jueves, Octubre 8, 2026 - 15:00

Durante décadas, la legislación chilena mantuvo una frontera muy clara para el vino destinado al consumo directo: 11,5 grados de alcohol como mínimo. Todo producto situado por debajo de ese umbral debía encajar en otras categorías o someterse a procesos específicos para poder comercializarse dentro del marco legal.

Esa frontera acaba de abrir una nueva puerta.

El Decreto nº 68 del Ministerio de Agricultura, publicado el 11 de septiembre de 2026, modificó el reglamento de la Ley nº 18.455 e incorporó formalmente una nueva categoría denominada “vino bajo alcohol”. La norma lo define como una bebida elaborada exclusivamente sobre la base de zumo de uva parcial o totalmente fermentado, con exclusión de las uvas de mesa, mediante prácticas enológicas autorizadas, con una graduación alcohólica real mínima de 8,5º y una graduación alcohólica potencial inferior a la exigida para el vino tradicional.

El cambio, por tanto, no modifica la definición convencional del vino chileno, cuyo mínimo continúa situado en 11,5º. Lo que hace es crear una categoría adicional para productos que hasta ahora no contaban con un reconocimiento específico dentro del sistema normativo del país.

La diferencia parece pequeña sobre el papel, pero puede ser muy relevante para una industria que necesita encontrar nuevas formas de conectar con consumidores que están modificando su relación con el alcohol.

Vino bajo alcohol no significa vino desalcoholizado

Uno de los puntos más importantes de la nueva regulación es que el llamado vino bajo alcohol no debe confundirse con un vino parcialmente desalcoholizado o desalcoholizado.

Chile ya contemplaba ambas categorías. El vino parcialmente desalcoholizado es aquel obtenido mediante técnicas de eliminación de alcohol cuya graduación real es igual o superior a 0,5º pero inferior al mínimo establecido para el vino, mientras que el desalcoholizado presenta menos de 0,5º.

En estos productos existe, por tanto, un vino previo al que posteriormente se le retira una parte o prácticamente la totalidad del alcohol.

El nuevo vino bajo alcohol responde a una lógica distinta: debe nacer con una graduación menor a partir de la propia uva y del proceso de fermentación, sin que su definición dependa de una desalcoholización posterior.

Esta distinción es especialmente relevante en un momento en el que el mercado del vino busca fórmulas cada vez más diversas para responder a la moderación del consumo. Excelencias Gourmet ya analizó este cambio de hábitos en “Beber mejor, no más: la nueva cultura del vino”, donde abordamos cómo parte del consumidor está reduciendo la frecuencia y el volumen de consumo para priorizar calidad, experiencia y ocasiones más conscientes.

La nueva categoría no permite simplemente añadir agua

Uno de los grandes retos de la regulación será demostrar que la menor graduación procede realmente de la materia prima y del proceso productivo.

Ahí entrará en juego el Servicio Agrícola y Ganadero de Chile (SAG), organismo encargado de fiscalizar la elaboración y comercialización de los productos vitivinícolas.

La industria tendrá que acreditar información desde la vendimia y durante las distintas fases de elaboración, además de someter los productos a análisis que permitan verificar su autenticidad.

El objetivo es evitar que la nueva categoría se convierta en una vía para reducir artificialmente el grado alcohólico mediante prácticas no autorizadas.

La normativa chilena mantiene controles específicos sobre la incorporación de agua exógena y sobre las manipulaciones permitidas durante la vinificación, de modo que un vino tradicional no puede simplemente diluirse hasta alcanzar los 8,5º y comercializarse automáticamente como “vino bajo alcohol”.

La trazabilidad, en consecuencia, será una parte esencial del sistema.

Uvas con menos azúcar para vinos con menos alcohol

La lógica enológica detrás de esta nueva categoría es relativamente sencilla.

Durante la fermentación, las levaduras transforman los azúcares presentes en el mosto fundamentalmente en alcohol y dióxido de carbono. Cuanto mayor sea la concentración inicial de azúcar fermentable, mayor será, en términos generales, la graduación alcohólica potencial del vino.

Por eso, obtener un vino naturalmente más ligero implica trabajar con uvas que lleguen a la bodega con una concentración de azúcar más baja, algo que puede depender del clima, del lugar de cultivo, de la variedad y, sobre todo, del momento en que se decide vendimiar.

La nueva norma abre así posibilidades interesantes para zonas más frías o para proyectos que busquen deliberadamente perfiles más frescos, tensos y menos alcohólicos, sin necesidad de recurrir posteriormente a procesos de desalcoholización.

También introduce un desafío técnico importante: conseguir que un vino con 8,5º conserve suficiente cuerpo, textura, intensidad aromática y equilibrio para competir con estilos tradicionales de 12,5º, 13º o 14º.

El alcohol también forma parte de la estructura del vino

Reducir la graduación no consiste únicamente en modificar una cifra en la etiqueta.

El alcohol desempeña un papel relevante en la percepción sensorial de un vino. Aporta volumen, sensación de calidez, textura y capacidad para integrar determinados aromas y sabores.

Cuando se reduce de forma significativa, cambia también el equilibrio del conjunto.

Excelencias Gourmet ha abordado este reto desde hace años. En “Vinos ¿desalcoholizados o desfortificados?” explicábamos precisamente cómo la retirada de alcohol modifica propiedades organolépticas esenciales y obliga a replantear el equilibrio del producto.

El gran reto del nuevo vino bajo alcohol chileno será distinto, pero relacionado: obtener desde el viñedo un grado más contenido sin terminar produciendo vinos excesivamente ligeros, verdes o desequilibrados.

Chile regula justo cuando el mundo empieza a beber de otra manera

La modificación normativa no aparece de forma aislada.

En el propio Decreto 68, el Ministerio de Agricultura reconoce expresamente que la demanda internacional está evolucionando hacia productos de menor graduación y que las tendencias vinculadas a estilos de vida saludables, moderación y nuevos hábitos generacionales están impulsando a la industria vitivinícola a diversificar su oferta.

La norma menciona además la experiencia regulatoria de la Unión Europea y de España como referencias para incorporar una categoría capaz de responder a esas nuevas preferencias sin alterar la definición tradicional del vino.

Ese escenario coincide con una reflexión mucho más amplia sobre el futuro del sector. En “¿Seguiremos bebiendo vino en 2030? Expertos responden en HIP 2026” analizamos cómo los vinos desalcoholizados, la moderación y los cambios generacionales están empezando a transformar las decisiones de bodegas, sumilleres y distribuidores.

Chile, uno de los grandes países exportadores del hemisferio sur, busca ahora disponer de un marco legal que le permita competir también en esa nueva franja del mercado.

Un espacio nuevo entre 8,5º y 11,5º

La consecuencia más clara de la reforma es la creación de una franja que antes no estaba reconocida de forma específica como categoría propia.

Por debajo continúan existiendo los productos parcialmente desalcoholizados y desalcoholizados.

Por encima de los 11,5º se mantiene el vino tradicional.

Y entre ambos aparece ahora el vino bajo alcohol a partir de 8,5º.

Esto permitirá desarrollar productos que no necesariamente quieran competir en el mismo terreno que un 0,0%, sino ofrecer una experiencia claramente vínica con una cantidad de alcohol más contenida.

Ahí puede aparecer uno de los espacios comerciales más interesantes: consumidores que no quieren renunciar al vino, pero sí reducir la cantidad de alcohol ingerida en una comida, un aperitivo o una ocasión social.

El auge del 0,0 ya había avisado de que algo estaba cambiando

La industria europea lleva tiempo explorando este camino desde otro extremo del espectro.

Bodegas españolas han aumentado considerablemente su inversión en productos sin alcohol o desalcoholizados y grandes compañías han convertido esta categoría en uno de sus principales campos de innovación.

En “Barbadillo Vi Frizzante 0%: primer vino sin alcohol de Cádiz” contamos cómo una bodega histórica se incorporaba a esta tendencia con un producto dirigido específicamente a un consumo más moderado.

Algo similar está ocurriendo con Freixenet, que durante 2026 ha reforzado su gama 0,0 y su apuesta por productos de menor contenido alcohólico, como recogimos en “Freixenet impulsa el 0,0% con nuevas sorpresas”.

El modelo chileno introduce, sin embargo, un matiz diferente: en lugar de retirar el alcohol después de elaborar el vino, pretende reconocer legalmente un producto que nazca desde el principio con menos.

¿Seguirá siendo vino para el consumidor?

La pregunta parece jurídica, pero también es cultural.

Parte del debate sobre los productos desalcoholizados gira precisamente en torno a qué puede considerarse vino y qué no, una cuestión que Excelencias Gourmet ha abordado en “Vino sin alcohol, verdades a medias”, donde analizamos la distancia existente entre el lenguaje comercial, la elaboración técnica y la definición legal.

En el caso chileno, la respuesta regulatoria es clara: el vino bajo alcohol tendrá categoría propia y seguirá vinculado exclusivamente a la fermentación de zumo de uva, con una graduación mínima de 8,5º.

La pregunta que queda abierta es cómo lo percibirá el consumidor.

Porque esta nueva categoría tendrá que competir no solo con vinos convencionales, sino también con cervezas premium, aperitivos, spritz, bebidas listas para consumir y toda una generación de productos que se disputan los momentos de consumo más informales.

Una oportunidad, pero también una prueba para la industria chilena

El cambio regulatorio puede abrir nuevas oportunidades de innovación y exportación, pero también obligará a bodegas y productores a demostrar que el concepto de menor alcohol no significa menor calidad.

Los controles del SAG serán fundamentales para asegurar la autenticidad de los productos y evitar que el nuevo marco genere dudas sobre diluciones o prácticas destinadas únicamente a aumentar el volumen comercializable.

La industria tendrá también que resolver un reto de comunicación. Explicar al consumidor por qué un vino de 8,5º no es un producto desalcoholizado, por qué puede proceder de una uva vendimiada con menor concentración de azúcar y cómo debe interpretarse sensorialmente ese estilo será casi tan importante como elaborarlo bien.

Chile no está cambiando la definición histórica de su vino. Está creando una nueva categoría alrededor de ella.

Y con ello abre una pregunta que probablemente escucharemos cada vez más en el mundo del vino: ¿hasta qué punto necesitamos alcohol para reconocer que lo que tenemos en la copa sigue siendo vino?

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