Un Brindis por el Viejo Sloppy Joe’s

Creado: Dom, 25/08/2013 - 13:41
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Por: Barman Ricardo A. Trujillo Suárez
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Un Brindis por el Viejo Sloppy Joe’s

Cuenta la historia que el creador, artífice, alquimista, dueño y además su principal bartender por mucho tiempo en el Sloppy Joe´s fue un peninsular llamado José Abeal Otero, quien llegó en el  lejano 1904 a nuestra bullanguera La Habana, cuando recién se estrenaba como república.

En busca de fortuna, el español trabajó en la ciudad caribeña por tres años y luego embarcó a los Estados Unidos en busca de mayor fortuna, desempeñándose en disímiles bares de New Orleáns y  Miami.

Once años después regresó a Cuba y se ocupó en un café llamado Greasy Spoon o Cuchara Grasienta (¡qué nombrecito!), pero luego pasó a la esquina de Ánimas y Zulueta, a desempeñarse en lo que entonces era simplemente una de las tantas bodegas de aquellos tiempos habaneros.

 Allí comenzaron a visitarlo algunos de sus antiguos clientes norteamericanos que llegaban a la Isla y que presumiblemente se hospedaban en uno de los tantos y prestigiosos hoteles de la zona como el Plaza, Telégrafo, Inglaterra, Pasaje y luego El Sevilla.

Aunque los hoteles de los alrededores contaban con magníficos bares y roof gardens, además de los ya aplatanados cafés a la usanza madrileña y parisina, Abeal -competencia aparte- comenzó a hacer su dinerito tras la barrita de la bodega, incluso en contra de la poca higiene de por allí.

Dicen que había  tupiciones y bichos, lo que contribuyó sin duda al nombre del futuro establecimiento que se estaba gestando gracias a la fortuna, el ángel del españolito cantinero, y por supuesto a la clientela que supo agenciarse e importar.

A mediados de los años treinta ya la bodega era un señor bar visitado por disímiles personalidades del mundillo político de entonces, turistas  y millonarios como Amelia Rosakoe, glamorosas actrices de Hollywood en la persona de Ava Gardner, que hizo caerse de las manos la cucharilla espiral a uno de sus cantineros mientras ella fumaba cigarrillo con una vistosa boquilla, u otros como el cotizado Gary Cooper, y hasta el jonronero Babe Ruth.

Muy a menudo escritores de la talla de Ernest Hemingway y sus amigos bajaban unas cuantas botellas de whisky en la concurrida esquina,  que también frecuentaron excéntricos como El Ángel (Maurice Tillet, luchador francés).

Sin embargo, su nombre, del cual se ha fantaseado mucho, se lo puso un periodista de la agencia UPI, que al parecer por un  pronto de amnesia alcohólica o de una sobrecarga de buen ron cubano dejó olvidada su billetera repleta de dólares, y al siguiente día se la entregaron sin faltarle un verdecito.

Agradecido por semejante acto y con las manos sobre el inmenso mostrador que ya tenía para entonces 37 banquetas y tres estaciones, el reportero prometió propagandizar el Sloppy Bar a todos sus amigos famosos y ricos, que al parecer eran muchos.

Ya a principios de la década de los años 50 el Sloppy Joe´s alcanzó su verdadero apogeo, y llegó a ser un bar abierto casi las 24 horas del día, pues si bien durante el día la marchantería era más humilde y buscaba una comida rápida y barata, la noche ya era otra cosa… y qué decir de las madrugadas, llenas de música y alcohol, la farándula, el foráneo, el rico y el menos rico, blancos y mestizos, todo mezclado, como dijo el poeta cubano Nicolás Guillén.

El Sloppy fue un bar con características únicas, era popular sin llegar a ser del populacho; era bullanguero sin llegar a ser bullicioso; era confortable sin llegar a ser de lujo; era una fiesta sin llegar a ser orgía. No era un simple bar de esquina, era la esquina del Sloppy Joe´s Bar.

Su servicio del lunch era un banquete en todos los sentidos. Medias noches y emparedados de todas clases y tamaños, simplemente para todos los gustos, desde el criollo cubano, el submarino y el de pan de centeno con jamón de lengua de res.

El submarino, una de las especialidades de la casa, era toda una cena: tres tipos de jamón, dos variedades de queso, suprema de pavo y cerdo asado, pepinillos, lechuga, tomate, cebollitas, mostaza y cátsup. Todo acompañado de una flamante ración de papas fritas.

A esa constelación se le sumaban los tostones y las mariquitas de plátano verde, chicharrones, un sinfín de entremeses, entre ellos rollos de jamón serrano con queso y aceitunas, canapés y dados de quesos. Todo elaborado con prontitud y pulcritud.

Además poseía un departamento en donde se expendían los mejores tabacos, disímiles cigarrillos, deliciosa chocolatería y otro ejército de manjares de todo el mundo, entre los que no faltaban los turrones y una licorería que no conocía competencia.

Según Erasmo Brito, presidente vitalicio de la Asociación de Cantineros de Cuba, en su coctelería se vendía “sencillamente de todo, desde Mojitos, el daiquirí (no frapeado), los Martinis y Manhattan, hasta cualquier cosa que pidiera el cliente”.

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