Presencia francesa en Santiago de Cuba II

Creado: Sáb, 25/10/2014 - 15:16
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Por: Chef Internacional Jorge Méndez Rodríguez-Arencibia
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Presencia francesa en Santiago de Cuba II
No sólo extensos cafetales prodigaron los emigrantes franceses al Oriente cubano. A poco de su arribo a la Isla Grande, los criollos comprendieron las diferencias del vivir entre colonos españoles y franceses. Los primeros, apresurados por la temporalidad de su estancia, fundamentada en el apoderamiento de riquezas –como el oro- para enviar a la metrópoli, construían  sus casas de madera o barro con techumbre de guano; en tanto que los segundos, “a la par que sembraban sus planteles, trazaban sus jardines y fabricaban sus viviendas, pensando en tener en ellas algo más que un techo bajo el cual guarecerse y un espacio más o menos cómodo para dormir”.
La prosperidad es hermana del esfuerzo y el tesón. Paralelamente al progreso de los negocios, mejoraban las comodidades de los nuevos colonos, al igual que se enriquecía su vida intelectual. “La juventud de Santiago bien pronto se sintió atraída y estimulada por aquellos nuevos vecinos, cuya civilización parecía más avanzada que la suya y los cafetales se convirtieron en centro de cultura y recreo”. Sobre este fenómeno socio-demográfico, escribiría Emilio Bacardí Moreau, en sus Crónicas de Santiago de Cuba, refiriéndose al cafetal Stiges, a doce leguas de la ciudad: Era uno de los más espléndidos cafetales, uno de los tantos jardines de la colonia francesa; nada faltaba en dicha finca, desde la casa palacio hasta las cuadras con soberbios caballos, biblioteca, billar, capilla, etc. )…) Allí la mesa era un continuo banquete, la casa se convertía en salón de baile con orquestas llevadas de la ciudad casi todos los días de fiesta.
Al unísono del impulso cafetalero por los colonos franceses, se sumó el interés de los mismos por el cultivo del cacao, que tan fuertemente quedó arraigado en el extremo oriental de la isla.  No en balde, Emilio Bacardí  destaca en sus apuntes sobre la segunda guerra de independencia la carestía de productos para comer que se sufría en Santiago de Cuba, donde “sólo puede conseguirse para la alimentación, arroz, harina de maíz, sardinas saladas y en conserva, chocolate, café y ron”. Valgan dos de ellos a los propios franceses…
Por su parte, Manuel María Navarro en sus Crónicas, publicadas en Santiago de Cuba, se refirió con admiración a la incidencia que “en el orden intelectual ejerció el francés sobre el criollo que trató de imitarlo, copiando sus finos modales y sus gustos cultivados, llegando su influencia a todas nuestras clases sociales”.   
Dignos de destacar, además de recordar, resultan los cambios en el modo de vivir de la sociedad santiaguera que provocara la arribazón gala ocurrida desde principios del siglo XIX. 
Fueron remodelados muchos inmuebles, con renovadas exquisiteces, lo que motivó un notable incremento en los precios de los materiales de construcción y la mano de obra dedicada a este oficio, lo que derivó lógico beneficios económicos a la localidad, “afirmando los historiadores de aquella época que el guano de palma cana utilizado para techar las casas de labranza, que regularmente se cotizaba a diez centavos el ciento, llegó a pagarse de veinte a veinticinco pesos.
El vestir de las personas se transformó al punto que era preferible soportar el intenso calor característico de la región sud-oriental que dejar de sentirse a la par de las nuevas costumbres: “La moda copió los patrones franceses, usando los hombres levita y bota bajo el pantalón, desterrándose de nuestros salones la bota de campo del soldado. Se comenzaron a usar fracs de colores hechos de paños finos, que era necesario encargar a Europa, medias de seda, guantes de cabritilla y sombreros de castor, des conocidos entonces en la colonia, dejándose el sombrero de paja al campesino o a la gente ordinaria.
Diversos comercios proliferaron y mantuvieron la preferencia de su clientela por varias generaciones: Coutonier, afamado peluquero; la sastrería Dannell, que recibía directamente y multiplicaba los dictados de la moda parisina: Mousquet, con sus zapatos para la gente elegante; Laporte, el sombrerero del momento. Una artística producción de litografías y grabados, a manos de Lamy y Collete. Los daguerrotipos fueron introducidos en el Oriente cubano por el taller fotográfico de D. Pisany. Un estudioso de la agricultura, Paul Casamayor, introduce en nuestro país el empleo de las típicas canastas para recolectar los granos de café. 
La irrupción de la gastronomía francesa fue como la aparición, en persona, de alguien que llegó para enraizarse en lo criollo. “En las comidas, también se introdujo el gusto francés, utilizándose en ellas las especias, las salsa y las setas, cultivándose por los propios colonos, al igual que la adaptación a nuestro suelo de la canela y la pimienta. Las comidas sirvieron de motivo para fiestas y recepciones en las que se recitaba, se cantaba, se tocaba guitarra y se discutía más sobre libros e ideas que sobre transacciones mercantiles”.
Unido a la afirmación de varios musicólogos, respecto a la influencia de la contradanza francesa en el complejo musical-bailable conocido como merengue, producto cultural por excelencia de la actual República Dominicana, se encuentra como asimilación por parte de los esclavos africanos que “en las danzas negras se introdujeron cadencias y cortesías del minuet, como ocurrió en la llamada Tumba Francesa”.
Las ciencias también fueron beneficiadas por los oportunos adelantos aportados por los franceses. “El doctor Vignau, en el año de 1800, había introducido la vacuna en Santiago de Cuba, que aplicó a más de dos mil trescientas personas, ayudado por otros médico francés, el doctor Rolland”. En Santiago se estableció, también, el doctor Antomarchi, médico del emperador Napoleón I, donde murió víctima de la fiebre amarilla, a cuyo estudio se dedicó en los últimos años de su vida.
Otra faceta del acervo históricamente cultural de Santiago de Cuba se manifestó en la rápida asimilación de las artes escénicas como distinguida afición. “El teatro alcanzó un gran desarrollo con la llegada de los franceses, formándose en Santiago de Cuba la primera Compañía de Ópera Cómica que terminó por construir un teatro en la calle de Santo Tomás, bellamente decorado, siendo durante largo tiempo el único centro de recreo de la ciudad. Se representaban las tragedias de Racine y otros autores franceses, haciéndose célebre la famosa cantante Madame Clarais en la obra Jeanne D´Arc, educando nuestro público a este nuevo tipo de espectáculos, entonces poco corriente entre nosotros”.
Y qué decir de la música en un pueblo donde lo melódico y lo cadencioso van de la mano con la cotidianeidad. “Se daban conciertos clásicos en las casas particulares de las ciudades y en las viviendas de los cafetales a las que muchas veces eran invitados los artistas antes mirados con menosprecio. El baile se estableció como costumbre, bailándose aquellos que eran de moda en los alones elegantes de Europa, viéndose nuestras orquestas obligadas a agregar a sus programas de contradanzas y valses, gavotas, pas-pieda y minuets. 
Tildada de asociación secreta, cuando en realidad constituye una fraternidad, ante todo, discreta, fue la masonería baluarte silencioso que agrupó a una interminable lista de patriotas y luchadores por la dignidad cubana. Hechos inscriptos en la historia de la nación criolla, con la misma tinta indeleble que la ilustración y la virtud, desde hace poco menos de dos siglos. “Fue a los franceses a quienes se debió la introducción de la masonería entre nosotros, fundándose las primeras logias en Santiago de Cuba, con los nombres de Perseverance y La Concorde, propagándose su espíritu liberal y revolucionario que tanta influencia había de ejercer en todo el siglo XIX. (…) La logia que radicó en Santiago de Cuba con el nombre de Temple des Virtus Theologales (o Templo de las Virtudes Teologales, y donde se reunían los franceses-criollos, celebrando sus ritos en su propio idioma y manteniendo vivo el espíritu y las tradiciones de la patria lejana”. 
 
  
Fuente: El aporte francés. Francisco Pérez de la Riva (Historiador y ensayista cubano (1905-1984). Revista cubana de antropología Catauro (Año 10/ No. 18/2008).

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