La botella ya no es intocable: el vino en lata gana terreno entre los nuevos consumidores
Durante mucho tiempo, pedir vino en lata podía sonar casi a provocación. El vino tenía botella, corcho, copa y un ritual más o menos establecido alrededor de su consumo. La lata pertenecía a otras bebidas. Pero algo está cambiando. El vino en lata ha dejado de ser una extravagancia para convertirse en uno de los formatos que más interés despiertan dentro de una industria que necesita encontrar nuevos consumidores y, sobre todo, nuevas ocasiones para beber vino.
No significa que la botella de vidrio esté a punto de desaparecer ni que un gran vino destinado a evolucionar durante años vaya a terminar necesariamente dentro de una lata. La transformación es bastante más interesante: el sector empieza a asumir que no todo el vino necesita beberse de la misma manera.
Y precisamente ahí aparece la oportunidad.
Estados Unidos ofrece una buena fotografía de este cambio. La industria vitivinícola atraviesa allí un momento complejo, marcado por la caída del volumen y por un relevo generacional que está modificando la relación con el vino. Los consumidores jóvenes beben de manera distinta, reparten su consumo entre más categorías y muestran menos apego a algunos de los códigos tradicionales que durante décadas acompañaron al vino.
Pero dentro de ese mercado aparecen formatos capaces de encontrar nuevos espacios. Los datos de NielsenIQ apuntan a un crecimiento del 14% de los RTD elaborados con base de vino, una categoría donde los nuevos sabores, las porciones individuales y los envases alternativos están adquiriendo protagonismo.
Al mismo tiempo, el mapa generacional está cambiando. Los millennials representan ya alrededor del 30% de los consumidores de vino estadounidenses, por encima de los baby boomers, mientras la Generación Z ha aumentado considerablemente su peso en apenas unos años.
Una lata no intenta sustituir una botella: quiere crear otro momento para beber vino
Quizá ese sea el verdadero cambio de mentalidad. Una lata de 187 o 250 mililitros permite tomar una copa o dos sin abrir una botella de 750. No necesita sacacorchos, ocupa poco espacio, se enfría rápidamente, pesa menos y puede transportarse a lugares donde el vidrio resulta incómodo o directamente está prohibido: festivales, conciertos, playas, pícnics, estadios, trenes, aviones o cruceros.
Es decir, no compite únicamente por el vino que ya bebíamos. Compite por momentos en los que probablemente antes elegíamos una cerveza, un hard seltzer, un cóctel preparado o ninguna bebida alcohólica.
Marcas estadounidenses como Nomadica han construido buena parte de su identidad precisamente alrededor de esa idea: vino elaborado con criterios de calidad y sostenibilidad, pero liberado de algunos de los códigos clásicos de la categoría. La compañía, impulsada por la sumiller Kristin Olszewski, comercializa blancos, tintos, rosados y vinos naranja en lata.
En Oregón, Underwood, de Union Wine Company, lleva años demostrando que el envase puede convivir con el vino convencional sin necesidad de convertirlo en una bebida completamente diferente.
Y en Reino Unido, Vinca ha llevado sus vinos sicilianos ecológicos en pequeñas latas individuales mucho más allá del supermercado. El formato ha encontrado hueco en aerolíneas, trenes, cruceros, estadios y grandes espacios de ocio, canales en los que una botella tradicional resulta mucho menos práctica.
Eso explica bastante bien dónde puede estar una parte del negocio.
Menos vidrio, menos peso y una nueva discusión sobre sostenibilidad
El segundo gran argumento está en el envase.
Una botella de vidrio convencional pesa varios cientos de gramos antes incluso de llenarse. Multiplicado por miles de cajas, kilómetros de transporte y exportaciones internacionales, el peso del envase se convierte en un elemento relevante de la huella ambiental del vino.
La lata tiene también un impacto ambiental y su fabricación, reciclaje y procedencia deben tenerse en cuenta, por lo que sería demasiado sencillo afirmar que cualquier vino en lata es automáticamente más sostenible. Sin embargo, su menor peso puede ofrecer ventajas importantes durante el transporte y la distribución.
Y ahí aparece otra de las cuestiones que el sector vitivinícola tendrá que afrontar durante los próximos años: ¿necesitamos realmente una botella pesada para comunicar que un vino es bueno?
El debate no afecta exclusivamente a la lata. Otros formatos alternativos también están cuestionando ideas asentadas durante décadas. El Bag in Box, por ejemplo, ha ido desprendiéndose de su antigua asociación con vinos económicos y encuentra defensores por su facilidad de transporte y por su capacidad para conservar el vino durante más tiempo una vez abierto.
La innovación del vino, por tanto, empieza a producirse también fuera de la botella.
España tampoco parte de cero
En un país con una cultura vitivinícola tan vinculada al vidrio, el cambio puede parecer más difícil. Pero España lleva tiempo experimentando con este formato.
La existencia de estos productos demuestra algo importante: la lata no determina necesariamente la calidad del vino que contiene, de la misma manera que una botella pesada tampoco garantiza que estemos ante un gran vino.
La cuestión, por tanto, ya no parece ser si el vino puede comercializarse en lata. Puede. Tampoco si dentro puede haber elaboraciones interesantes. Las hay.
La pregunta para las bodegas es otra: ¿cuántas oportunidades de consumo están perdiendo por seguir pensando que todo vino necesita una botella de 750 mililitros?
Las previsiones sobre el tamaño futuro del mercado difieren según las consultoras, pero prácticamente todas coinciden en señalar una expansión relevante de la categoría durante la próxima década. Algunas estimaciones sitúan el mercado mundial del vino en lata por encima de los 1.500 millones de dólares hacia 2035.
La botella seguirá teniendo algo que la lata difícilmente podrá reproducir: ceremonia, guarda, colección, prestigio y la liturgia de descorchar un gran vino.
Pero ahí quizá estuvo siempre el error: pensar que una tenía que derrotar a la otra.
El futuro del vino probablemente tendrá botellas, latas, Bag in Box y otros formatos conviviendo según el vino, el consumidor y el momento. Y para una industria preocupada por cómo volver a conectar con las nuevas generaciones, conseguir que alguien elija una lata de vino allí donde antes habría elegido otra bebida no parece una amenaza, parece una oportunidad.