Aprender a cocinar para aprender a vivir: qué revela este programa con jóvenes migrantes

Aprender a cocinar para aprender a vivir: qué revela este programa con jóvenes migrantes

Un estudio con 102 jóvenes migrantes relaciona La Quinta Cocina con mejoras en autonomía, apoyo social, autoconcepto y sentido de vida.
Jóvenes realizan una práctica de cocina profesional durante una formación en hostelería.
Formación en cocina y hostelería para jóvenes
Tuesday, September 1, 2026 - 15:00

Una cocina profesional enseña a cortar, pesar, cocinar, organizar una partida o atender un servicio. Pero también obliga a llegar a tiempo, trabajar con otros, asumir responsabilidades, tomar decisiones y responder cuando algo no sale según lo previsto. Para jóvenes que alcanzan la mayoría de edad con una red de apoyo frágil, aprender un oficio puede convertirse también en una forma de aprender a sostener una vida independiente.

Eso es lo que analiza una investigación de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) y el Centro Universitario Cardenal Cisneros a partir de La Quinta Cocina, un programa promovido por el Ayuntamiento de Madrid y desarrollado por CESAL que utiliza la formación hostelera como herramienta de inclusión sociolaboral.

El estudio evaluó a 102 jóvenes migrantes de entre 18 y 25 años participantes en el programa y encontró, tras su paso por La Quinta Cocina, mejoras estadísticamente significativas en cuatro ámbitos estrechamente relacionados con la transición hacia la vida adulta: autonomía, apoyo social percibido, autoconcepto y sentido de vida.

La conclusión introduce un matiz importante en el debate sobre formación e inserción laboral. Conseguir un empleo importa, pero puede no ser suficiente cuando al mismo tiempo hay que resolver documentación, vivienda, estudios sin homologar o la ausencia de adultos a quienes recurrir.

La cocina enseña un oficio, pero el estudio mide algo más

La Quinta Cocina tiene una duración de seis meses. Durante los tres primeros, los participantes reciben formación teórica y práctica relacionada con la hostelería; los tres siguientes se destinan a prácticas profesionales en restaurantes y empresas del sector.

Los jóvenes aprenden técnicas culinarias, seguridad alimentaria, nutrición, gestión de cocina y servicio de sala, pero el programa incorpora también comunicación, trabajo en equipo, responsabilidad y gestión emocional.

Es precisamente ahí donde la formación deja de ser únicamente técnica.

Una cocina profesional constituye un entorno exigente y bastante parecido, en algunos aspectos, a la vida adulta: hay horarios, normas, jerarquías, compañeros que dependen del trabajo de otros y consecuencias cuando alguien no cumple su función. La repetición diaria de esas dinámicas convierte el aprendizaje de hostelería en un espacio donde también se entrenan hábitos, relaciones y capacidad para responder ante situaciones reales.

“La autonomía también necesita vínculos y propósito”, explica Álvaro Fernández-Moreno, investigador del Grupo de Investigación Educación, Diseño e Intervención Psicosocial de la UFV.

Los resultados del estudio apuntan precisamente en esa dirección. Al finalizar el programa, los participantes mostraban mejoras no solo en autonomía para afrontar la transición hacia la vida adulta, sino también en la percepción del apoyo que tenían a su alrededor, en su autoconcepto y en su capacidad para encontrar una orientación de futuro.

Aprender un oficio puede abrir una puerta laboral; sentirse capaz de atravesarla y permanecer al otro lado requiere algo más.

Cumplir 18 años cuando todavía falta una red

Los perfiles incluidos en la investigación permiten comprender mejor la dimensión del desafío. El 47,1 % de los participantes había sido menor migrante no acompañado, mientras que el 35,3 % no tenía regularizada su situación en España.

Además, el 26,3 % no había completado la educación obligatoria y otro 20,2 % contaba con titulaciones obtenidas en sus países de origen que no habían sido reconocidas oficialmente.

Documentación, estudios, empleo, vivienda y relaciones sociales pueden acumularse así en un mismo momento vital, precisamente cuando se espera que el joven empiece a desenvolverse de forma independiente.

Para Herminia Cid García, coautora del estudio e investigadora del Centro Universitario Cardenal Cisneros, el acompañamiento educativo cobra especial sentido en ese punto en el que la formación profesional se cruza con la realidad cotidiana. “El riesgo es llegar a la adultez sin red de apoyo suficiente”, señala.

Los investigadores no encontraron diferencias estadísticamente significativas entre la evolución de quienes habían sido menores migrantes no acompañados y quienes no lo habían sido. Ambos grupos evolucionaron de manera similar.

El equipo plantea que este resultado puede estar relacionado con que los participantes compartían situaciones de vulnerabilidad más allá de su itinerario migratorio concreto. Muchos habían llegado al programa derivados desde servicios sociales y afrontaban necesidades comunes a la hora de iniciar una vida independiente.

Eso modifica también la manera de medir el éxito de una formación. No basta necesariamente con preguntar cuántos participantes consiguen un contrato de trabajo. También importa saber si una persona se siente capaz de mantenerlo, relacionarse con sus compañeros, solucionar problemas, tomar decisiones y proyectar dónde quiere estar dentro de unos años.

Los que llegan con menos apoyo pueden ser quienes más ganen

Uno de los resultados más interesantes aparece al analizar cómo llegaban los jóvenes al comienzo de La Quinta Cocina.

Quienes mostraban mayores dificultades para encontrar un rumbo claro en su vida tendían también a percibir menos apoyo social y a presentar un autoconcepto más frágil. Tras la intervención, esa combinación se asoció con mayores mejoras en autonomía.

La investigación plantea así una posibilidad especialmente relevante para los programas de inclusión: el acompañamiento podría resultar particularmente importante para quienes comienzan con menos red y menos confianza en sus propias capacidades.

Román D. Moreno-Fernández, director del Instituto de Neurociencias y Psicología Social Aplicada de la UFV, destaca que las variables psicológicas y sociales no parecen actuar de manera aislada. Sentido de vida, apoyo social y autoconcepto se relacionan entre sí durante el proceso de mejora de la autonomía.

Los propios investigadores introducen, sin embargo, una cautela necesaria. El diseño del estudio no permite afirmar que todas las mejoras observadas se deban exclusivamente a La Quinta Cocina.

David Roncero, coautor del trabajo en el área de investigación y metodología, señala por ello la necesidad de desarrollar estudios posteriores con grupo de control y seguimiento a largo plazo que permitan determinar hasta qué punto los cambios se mantienen con el paso del tiempo.

Lejos de restar valor a los resultados, esa precaución permite situarlos donde pueden resultar especialmente útiles: como evidencia para diseñar y evaluar mejor los programas de formación destinados a jóvenes en situaciones de vulnerabilidad.

Porque quizá una de las principales enseñanzas de La Quinta Cocina no esté únicamente en aquello que termina dentro de un plato.

Formar para un oficio y formar para la autonomía pueden ser parte del mismo proceso. Para alguien que llega a la vida adulta con pocas certezas, aprender a cocinar puede ser el comienzo de una carrera profesional. Encontrar vínculos, confianza y una dirección propia es lo que puede ayudarle a convertir esa oportunidad en un proyecto de vida.

La cocina mejora la autonomía de jóvenes migrantes
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