El dulce con agujero que conquistó el mundo: la historia del donut y su inesperado origen en la guerra
Pocos productos gastronómicos han logrado algo tan difícil como convertirse en iconos globales sin perder su carácter popular. El donut, también conocido como dona, rosquilla o rosquita, lleva décadas formando parte del imaginario colectivo mundial y hoy es mucho más que una simple masa frita cubierta de azúcar.
Cada primer viernes de junio se celebra el Día Internacional del Donut, una jornada dedicada a uno de los alimentos más reconocibles y consumidos del planeta.
Y aunque hoy lo asociamos con cafeterías modernas, vitrinas coloridas, series estadounidenses o incluso versiones gourmet con ingredientes imposibles, detrás de este dulce hay mucha más historia de la que parece.
Un agujero que cambió la historia de la pastelería
El origen exacto del donut sigue siendo objeto de debate, pero una de las teorías más populares sitúa su nacimiento en Holanda, donde existían preparaciones similares conocidas como olykoeks, unas bolas de masa frita que los inmigrantes neerlandeses llevaron posteriormente a América.
Sin embargo, la gran revolución llegó gracias a un problema técnico. Según una de las historias más repetidas, un marinero estadounidense llamado Hanson Gregory estaba cansado de que el centro de la masa quedara crudo después de freírse. La solución fue tan simple como brillante: perforar el centro de la pieza para conseguir una cocción uniforme.
Así nació el famoso agujero del donut, una pequeña modificación que terminó convirtiéndose en una de las siluetas gastronómicas más reconocibles del mundo.
Del frente de guerra al Día Internacional del Donut
Lo más sorprendente de esta historia quizá no sea su forma, sino cómo terminó teniendo una celebración internacional propia.
El origen del Día Internacional del Donut se remonta a la Primera Guerra Mundial, cuando un grupo de mujeres voluntarias del ejército de The Salvation Army comenzó a preparar donas para los soldados estadounidenses desplegados en Europa.
Aquellas mujeres, conocidas como las Doughnut Lassies, elaboraban las masas en condiciones extremas para ofrecer un pequeño gesto de consuelo y cercanía a los militares lejos de casa. La leyenda cuenta que incluso llegaron a freír las donas dentro de cascos militares debido a la falta de recursos en el frente.
El gesto tuvo tal impacto emocional entre los soldados que, años después, The Salvation Army impulsó oficialmente una jornada conmemorativa para homenajear tanto a las voluntarias como al propio dulce.
Cómo el donut conquistó España
Aunque el donut tiene un enorme vínculo cultural con Estados Unidos, su expansión internacional transformó rápidamente el producto en un fenómeno global.
En España, el gran salto llegó durante la década de los años 60 gracias al empresario y panadero Andrés Costafreda, fundador de Donut Corporation, quien registró la marca Donuts y popularizó el producto hasta convertirlo en parte habitual de desayunos, meriendas y recreos escolares durante generaciones.
Desde entonces, el donut pasó de ser una novedad importada a convertirse en uno de los productos de bollería más reconocibles del país y, probablemente, también en uno de los más nostálgicos.
Estados Unidos produce más, pero Canadá consume más
Hoy el donut es un negocio global multimillonario. Sin embargo, producción y consumo no coinciden necesariamente en el mismo lugar.
Mientras Estados Unidos lidera históricamente la elaboración y comercialización mundial, Canadá ocupa desde hace años los primeros puestos en consumo per cápita.
El dato refleja hasta qué punto este producto ha trascendido fronteras y se ha integrado en culturas gastronómicas muy diferentes. Porque el donut ya no pertenece únicamente a la tradición estadounidense: es completamente global.
Del glaseado clásico al oro comestible
Parte del éxito del donut reside en su extraordinaria versatilidad. Puede ser sencillo o sofisticado, tradicional o experimental, industrial o artesanal.
Hoy existen versiones prácticamente para todos los públicos: veganas, sin gluten, saladas, rellenas, gourmet, gigantes, mini, fermentadas u horneadas.
Y algunas de las variantes más extravagantes han llevado el concepto al límite. Hay donuts elaborados con wasabi, foie gras, bacon, trufa o incluso decorados con oro comestible.
La creatividad alrededor de este producto parece no tener techo.
Mucho más que bollería
Quizá por eso el donut ha conseguido algo que muy pocos alimentos logran: convertirse en símbolo cultural.
Aparece en películas, series, cómics y campañas publicitarias. Forma parte de la iconografía pop estadounidense y, al mismo tiempo, despierta una fuerte carga emocional y nostálgica en muchos países.
Pero detrás del glaseado, el azúcar y las vitrinas de colores existe también una historia ligada a inmigración, guerra, industria alimentaria y transformación cultural.
Y quizá esa mezcla explique por qué, décadas después, el donut sigue teniendo algo irresistible.
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