Cuando se habla de vino japonés, muchos piensan en rareza, curiosidad o nicho. Sin embargo, Japón cuenta con un patrimonio vitivinícola propio, singular y cada vez más reconocido a nivel internacional. Lejos de imitar modelos europeos, el vino japonés empieza a construir su identidad a partir de uvas autóctonas e híbridas adaptadas a climas extremos, suelos complejos y una cultura milenaria del detalle.
Estas son algunas de las variedades que están definiendo el presente, y el futuro, del vino japonés.
Yamabudō: la uva salvaje que desafía el frío extremo
YAMABUDŌ (山ぶどう) es una de las variedades más antiguas y resistentes del archipiélago japonés. Su nombre une las palabras montaña y uva, y no es casual: se trata de una variedad que migró desde Siberia hace decenas de miles de años.
De grano pequeño y piel gruesa, está preparada para sobrevivir a inviernos extremos. En copa, se traduce en vinos tintos intensos y tánicos, de carácter rústico y profundo, muy alejados del canon occidental.
Kōshū: la uva insignia del vino japonés
Si hay una variedad que simboliza el vino japonés, esa es KŌSHŪ (甲州). Es la uva más cultivada del país y fue reconocida oficialmente por la OIV en 2010, un hito clave para su proyección internacional.
Cultivada principalmente en la prefectura de Yamanashi, esta uva blanca de piel rosada llegó a Japón en el siglo VIII a través de la Ruta de la Seda. Da lugar a vinos blancos y naranjos delicados, ligeros y sutiles, muy alineados con la gastronomía japonesa y su búsqueda del equilibrio.
Muscat Bailey A: la uva tinta más popular de Japón
MUSCAT BAILEY A representa aproximadamente el 11 % del total de uvas viníferas cultivadas en Japón, lo que la convierte en la tinta más extendida del país.
Creada en la década de 1920 en Niigata como híbrido de Bailey × Muscat Hamburg, fue reconocida por la OIV en 2013. Se cultiva sobre todo en Yamanashi y Yamagata, y da lugar a vinos tintos afrutados, amables y de bajo tanino, accesibles y muy gastronómicos.
Yamasachi: estructura y felicidad desde Hokkaido
La más joven del grupo es YAMASACHI (山幸), cuyo nombre combina montaña y felicidad. Desarrollada en la década de 1970 en Hokkaido, es un híbrido entre Kiyomi (Seibel 13053) y Yamabudō silvestre.
Reconocida por la OIV en 2020, se cultiva exclusivamente en la llanura de Tokachi y produce vinos tintos estructurados, tánicos y con gran capacidad de guarda, demostrando que Japón también puede jugar en ligas más ambiciosas.
Estas variedades confirman que el vino japonés ya no es solo una rareza para coleccionistas. Es un relato propio, construido desde la adaptación al entorno, la precisión técnica y una identidad cultural muy definida.
La pregunta ahora no es si Japón puede hacer vino, sino cuántas de estas uvas has probado ya.
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