En gastronomía y hotelería, todo comunica. El espacio, la carta, el servicio… y también la forma de vestir. Lejos de ser un mero elemento funcional, la vestimenta profesional se ha convertido en una pieza clave del relato que un proyecto gastronómico quiere transmitir. Así lo entienden Joan Camatxo y el equipo de Des Garçons de Café, donde el uniforme deja de ser un estándar para transformarse en identidad, discurso y coherencia.
Diseño conceptual, funcionalidad real y durabilidad son los pilares de una propuesta pensada para un sector que trabaja de pie, en movimiento constante y bajo presión. Conversamos con Joan Camatxo sobre cómo la vestimenta puede elevar la experiencia gastronómica sin perder de vista la practicidad que exige la hostelería.
Decís que no fabricáis uniformes, sino que sois aliados de proyectos gastronómicos. ¿Cuándo la ropa deja de ser un simple uniforme?
Desde el nacimiento de Garçons entendimos que el uniforme nunca es neutro. O acompaña la identidad del proyecto o la contradice. En ese punto deja de ser ropa y pasa a ser discurso.
¿Está infravalorada la vestimenta profesional dentro de la experiencia gastronómica?
Sí. No por falta de sensibilidad, sino por inercia. Se ha normalizado que el uniforme no piense, cuando es una de las primeras lecturas que hace el cliente. Cuando hablamos de excelencia, debe aplicarse a toda la experiencia, no solo al plato o al servicio.
En un sector tan exigente físicamente, ¿cómo se equilibra diseño y funcionalidad?
Diseñando desde el cuerpo que trabaja, no desde la imagen que se quiere proyectar. Si una prenda no aguanta el servicio, el diseño fracasa. El verdadero reto no es innovar visualmente, sino lograr equilibrio entre estética, resistencia y comodidad.
¿Qué errores son más habituales cuando prima solo la estética?
Prendas rígidas, poco durables y ajenas al ritmo real del trabajo. Ropa que funciona quieta, pero no en movimiento. Eso ocurre cuando no se entiende que la prenda es una segunda piel, no un objeto decorativo.
¿Por qué la durabilidad es hoy un valor clave?
Porque va contra la lógica del usar y tirar. Diseñar para que algo dure implica asumir responsabilidad sobre lo que produces y para quién lo produces.
¿Cómo se transforma la identidad de un restaurante en una prenda?
El error habitual es convertir a la persona en parte del mobiliario. Son personas que transmiten una filosofía, no elementos decorativos. El reto está en evitar la tematización excesiva y lograr coherencia sin disfraz.
¿Puede la ropa comunicar sostenibilidad o respeto por el oficio?
Sí, pero solo si esos valores existen de verdad. Si no, el uniforme se convierte en un decorado vacío. No hace falta explicarlos: deben estar interiorizados en la cultura del proyecto.
Cuando un restaurante os contacta, ¿por dónde empieza el proceso creativo?
Por las personas. Ellas dan sentido a todo lo demás. Después viene el espacio y la cocina, pero sin personas no hay relato posible.
¿Qué tipo de proyectos os estimulan más?
Los que no intentan parecerse a otros para sentirse válidos. Tener identidad propia es lo más exigente y, a la vez, lo más estimulante.
¿Ha habido un encargo que lo cambiara todo?
Existe la idea romántica de que un gran cliente lo transforma todo. La realidad es trabajar duro y tratar a cada proyecto, tenga o no visibilidad, con el mismo respeto y atención.
Si tuvieras que definir la filosofía de Des Garçons de Café en una sola frase…
El uniforme no es un complemento del proyecto. Es parte de su verdad.
En un sector donde cada detalle suma, la vestimenta profesional deja de ser un fondo neutro para convertirse en una herramienta narrativa. Proyectos como Des Garçons de Café demuestran que la ropa también cocina discurso, coherencia y memoria. Porque en gastronomía, incluso lo que se viste, se sirve.